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Opinión

La deuda histórica: vergüenza nacional


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

La denominada Deuda Histórica (DH) que afecta a un no despreciable número de profesores del país – la mayoría jubilados y los menos por jubilar – no estará resuelta si su abordaje sigue anclado a intereses político / partidistas de terceros (altamente inconvenientes, por cierto) que la han  contaminado en cada intento de solución definitiva; si para los representantes de los profesores, en cada lucha gremial, no ha pasado de ser un asunto de terceros o cuartos planos (uno entre doce temas, como se dio en la última gran movilización nacional docente), convertido en efecto placebo con su participación en mesas de trabajo dilatorias y elusivas, conducentes a nada; si sigue siendo un tema de carácter utilitario para políticos y dirigentes gremiales a la hora de enfrentar procesos eleccionarios específicos y relegarlo, luego de éstos, a nuevas y denigrantes esperas que siembran dolor y desesperanza en los afectados; y si los niveles de empatía de los dirigentes gremiales no son coincidentes con las indeseadas estrecheces que viven los docentes pasivos con sus enfermedades y pensiones de hambre.

Y si todo esto no fuera así, ¿cómo entender, entonces, que habiendo transcurrido casi cuarenta años desde su generación por autores materiales archiconocidos, el tema de la Deuda Histórica siga siendo un problema insoluto para quiénes fueron deliberadamente perjudicados por las autoridades del momento? ¿Cómo entender, al mismo tiempo, que acuciados por dramas diversos que les afectan en su día a día – y esto, no obstante su avanzada edad -, haya enseñantes que se vean en la necesidad de retornar a la vida laboral, y a peso la hora, para desempeñarse en roles como empacadores de supermercados, temporeros, aseadores, recolectores de basuras, cuidadores de niños y adultos mayores y empleados de ferias? ¿Cómo entender que algunos de estos profesionales se vean en la impronta de pedir limosna en las esquinas, de cantar en las micros y plazas, de vender todo aquello que le reporte alguna utilidad, por menguada que sea, para el pan suyo de cada día, o de recoger de los basureros de mercados y ferias las verduras y frutas menos dañadas con el objeto de engañar su estómago hasta un siguiente día? ¿Cómo es posible que las autoridades no asuman que semejante realidad es una consecuencia directa de la Deuda Histórica y de los menguados ahorros previsionales a que éstos fueron forzados por años?

De otro lado, ¿cómo es posible que quiénes, junto a la economía, como actores de la educación y esta última uno de los dos más importantes pilares para el crecimiento y desarrollo de un país (OCDE y Banco Mundial), sufran semejante oprobio a causa de la falta de sintonía de las autoridades y negligente conducta de muchos dirigentes gremiales de los últimos cuarenta años? ¿Cómo es posible que quiénes son los encargados de construir los cimientos que llevan a los individuos a la práctica de un oficio, de una tecnología o de una profesión allí donde sea menester, deban cargar una vida de dolor, miseria y frustraciones después de haberse entregado por completo al cumplimiento de sus labores académicas con los educandos que a lo largo de su quehacer docente fueron su responsabilidad profesional y sólo porque determinados agentes de nuestra sociedad – incluidas algunas  autoridades de todos los niveles del Estado – no son capaces de ver la realidad una cuarta más allá de su nariz? Que alguien nos lo diga sin insultar nuestra inteligencia, por favor, con la altura que de suyo merecemos los educadores.

Si se asume que a cada docente se le deben en promedio unos $ 130.000.000, bueno sería la entrega de un bono compensatorio de $ 30.000.000 y un mejoramiento a perpetuidad de $ 300.000 en las pensiones, valores todos estos que en total sumarían mucho menos que aquéllos que con distintos subterfugios se le han sacado al Estado en los últimos cuarenta y tantos años. Se necesitan hechos y no palabras.

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