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Opinión

La pandemia y los efectos en educación


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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Las consecuencias negativas que tiene la pandemia del coronavirus han sido múltiples e impactarán fuertemente en lo social, económico y en la calidad de vida de la comunidad, que durará años y qué pasará de una generación a otra. Sin embargo, si en algún momento pensamos que siendo una experiencia tan traumática y dolorosa, con pérdida de vidas humanas, resultaría ejemplarizadora para que, como individuos y sociedad, aprendiéramos la lección y actuáramos de manera diferente, con una visión de vida más amplia y generosa, más inclusiva, responsable y socialmente justa, tenemos la sospecha  (aunque deseamos lo contrario) que superada la enfermedad las cosas no serán tan diferentes y la experiencia no constituirá una lección y que a poco andar será olvidada por muchos, como se observa a diario en el comportamiento de las persona, para quienes la pandemia parece no existir y, peor aún, ser negada por algunos, donde la mascarilla recomendada, más que una protección, cuando se usa, parece un adorno multicolor propio de una moda primaveral,  olvidando,  como nos recuerda la  historia  que, en éste caso como en otros, los hechos del pasado se vuelven a repetir y que acechan en cada vuelta de la esquina y siempre nos encuentra sin haber madurado como sociedad ni menos estar preparados para enfrentarlos.

Quienes más sufrirán las mayores consecuencias serán las nuevas generaciones, los miles de niños y jóvenes estudiantes que han visto afectando su formación educacional al estar recibiendo, la mayoría de ellos, una educación telemática de diferente calidad y con acceso limitado por la exclusión digital en muchos sectores de la población escolar lo que muestra con mayor crudeza las grietas de las diferencias sociales y económicas que nos afectan como sociedad.  Si lo anterior se suma el hecho que antes de la pandemia 1,5 millones de niños de hogares con menores recursos recibía alimentación en sus escuelas, que para muchos era su única comida, el panorama es aún más desolador.

La educación que logran recibir los niños y niñas de hogares bien constituidos, con medios digitales suficientes y padres en condiciones de ayudarlos en sus estudios, no es igual para quienes no cuentan con medios similares y con padres que no saben cómo hacerlo, hecho que conlleva la pérdida importante de un potencial capital humano y la inequidad se profundiza en los alumnos más vulnerables. Súmese a lo anterior las investigaciones que indican que la reducción de horas de estudio, así como asignaturas que no se enseñan, empobrece el desempeño académico y produce un vació en la formación educativa, junto al hecho que, “Se han invisibilizado absolutamente los riesgos de hambre, desnutrición, maltrato y abuso infantil, salud mental, violencia intrafamiliar, deserción escolar y aumento de brechas.” (Sylvia Eyzaguirre. CEP)

Frente a este panorama, la discusión entre el Ministerio de Educación y los diferentes actores sociales se da, por un lado, entre quienes se niegan rotundamente a la vuelta a clases presenciales mientras continúe latente el problema de salud y aquellos que postulan un retorno a clases  donde las condiciones sanitarias lo permitan y, por otro, entre los que promueven la promoción automática y quienes estiman que debe considerarse el esfuerzo que han realizado muchos alumnos y sus respectivos profesores para su promoción, a través de la educación telemática, oportunidad que deberían tener todos los alumnos, aún con las deficiencias de la conexión de internet, materia  donde el Estado ha tenido una débil presencia o ninguna.

Tenemos claro que nadie en su sano juicio quiere que los niños se contagien y mucho menos que mueran. Sin embargo, no se puede dejar de considerar los efectos asociados a la pandemia que afecta a los niños y jóvenes, que no son menos graves, y consensuar medidas que consideren todas las variables y los efectos que producen y eso exige una actitud distinta de las autoridades y de los actores de la vida nacional, sin posiciones extremas ni descalificaciones y menos atribuirse que su opinión  representa el pensamiento de toda o la mayoría de la población nacional para exigir que las medidas propuestas por unos sean las que prevalezcan por sobre las de otros y se discutan sin acuerdos mientras  los niños y jóvenes sigan esperando una respuesta para su futuro y la sociedad en que viven.

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