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Opinión

La deuda histórica, una injusta paradoja


 Por La Tribuna

Profesor Juan Bustamante M.

La denominada Deuda Histórica que afecta a un importante número de profesores del país – a cerca de 60.000 de los 80.000 que eran – es un hecho; una perversa, irrefutable e ignominiosa realidad originada en dictadura y producto del autoritarismo y desconsideración de los alcaldes designados de la época y consistente en la suspensión a perpetuidad del pago del 90 % de reajuste a que estaban afectos, mismo que a inicios de los años 80 le fuera concedido a todos los funcionarios públicos sin excepción por medio del Decreto 3.551, dada la sistemática pérdida de poder adquisitivo que habían sufrido en el decenio precedente como consecuencia de las políticas de ajuste económico llevadas adelante por los gobernantes de turno.

Producto de la referida medida, los profesores, en relación con el mencionado reajuste, quedaron – así, sin más – un 80 % abajo respecto de los progresivos nuevos ingresos mensuales del resto de los funcionarios de la administración pública (civiles, militares y policiales), llevando a estos profesionales a condiciones de precariedad material como nunca las habían tenido a lo largo de su historia docente. Y tanto es así que no obstante los diversos arreglos económicos que han tenido a la fecha desde el retorno a la democracia – incluida la nueva carrera docente -, recién estarían alcanzando los niveles remuneracionales tenidos a inicios de los setenta, sumando cuantiosas diferencias negativas que llevan años.

Desde luego, nunca hasta ahora, semejante arbitrariedad administrativa – y nada extraño para el caso, tratándose de las condiciones imperantes entonces – ha sido explicada por exfuncionario alguno (de aquéllos al servicio de las circunstancias), ni tampoco justificada por quienes se encargaron de hacerla efectiva en su momento en desmedro de los profesionales docentes, como hubiera sido lo razonablemente deseable; así como jamás ofrecida – en nombre del decoro y la consideración – una disculpa pública que hablase o diera  cuenta de un respeto mínimo por los afectados. Como se sabe, la Deuda Histórica vino a instalarse (para ser exactos en los términos) con motivo del traspaso de los establecimientos educacionales públicos en el año 1981 a las municipalidades.

La gran ilusión – hoy convertida en una eterna desesperanza aprendida para los profesores vulnerados en sus derechos – estuvo en el advenimiento de la democracia, puesto que se creyó (un craso error, por cierto) que con ella se haría justicia en torno al problema de la mentada Deuda Histórica; y más todavía cuando ésta vino a transformarse a su vez en el caballito de batalla para todos / as aquéllos / as que aspiraban a la Presidencia de la República o a ocupar un escaño en alguna de las cámaras del Congreso Nacional en calidad de servidores públicos y de facilitadores de los sueños de los afectados.

Y cómo no esperarlo, si con tal realidad, lo que sobrevino para los educadores afectos a este problema, no fue otra cosa que pobreza institucionalizada a partir de jubilaciones que se vieron agravadas como consecuencia de unas cotizaciones previsionales equivalentes al 25 % de su sueldo base y terminar en pensiones que van desde los $ 80.000 a los $ 120.000 (los más antiguos) y, en el mejor de los casos, de los $ 200.000 a los $400.000 (los más nuevos), sin que nadie se hiciera eco con una solución efectiva y definitiva para los profesores.

Con todo, es evidente que cada persona – como punto de partida, qué duda cabe – tiene derecho a resolver sus necesidades básicas de la mejor manera posible; es decir, a contar con pan, techo, abrigo, educación, cultura y ocio planificado para sí mismo y para los suyos. Pero del mismo modo debe ser exigible, y con mayores posibilidades aún, para quienes, yendo más allá de un oficio o una tecnología, han optado por una profesión como la docente en este caso, habida consideración de que es la responsable de la formación de las generaciones de recambio que la sociedad necesita para su sobrevivencia.   La Deuda Histórica es una injusta paradoja.

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