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Opinión

El rostro femenino de la Pandemia


 Por Herbert Toledo, jefe de Carrera Ingeniería Comercial, Universidad Santo Tomás Sede Los Ángeles

Herbert Toledo

En medio de una crisis sin precedentes, crisis con varias dimensiones y aristas, se ha visto muchos comentarios de lo afectada que está la población. Se ha conversado de temas de salud física y mental, de ingresos, de derechos, dentro de muchos otros. Hubo semanas donde día a día buscábamos la información más reciente de cómo avanzaba la pandemia. Nos preguntábamos cuántos nuevos casos había, cuán cerca de nuestras ciudades estaba el covid-19 e inevitablemente cuántos decesos. Nos admirábamos de la expansión en algunos países, algunos de ellos lejanos.  Parecía un horizonte distante. La pandemia llegó, nos pasó por encima. Ha pasado el tiempo, las semanas han avanzado, si miramos para atrás caemos en cuenta lo grabe de la situación que hemos vivido.

Detrás de los números y de esa curiosidad estadística, hay personas, igual que cada uno de nosotros.  La imagen de la pandemia cambia cuando uno la ve y la vive de cerca, cuando se enferma un familiar o amigo.  Aún con la sospecha o cuarentena preventiva, la impaciencia e incertidumbre se apodera de nosotros. Ahí los números se dejan de lado e importa sólo uno. Nos damos cuenta de que ese familiar, amigo o uno mismo, está en una situación de riesgo, de pronóstico reservado.  La situación cambia completamente.

¿Qué sucede si la persona afectada es la mamá en un hogar? Decimos desde chicos que la mamá es lo más sagrado, es lo más importante en nuestras vidas. Cuando no está, queda un vacío que no se llena, ¿Cómo lo están pasando las jefas de hogar en nuestro país?

Volviendo a los números, en Chile una de cada cinco mujeres quedó desocupada (19,8%), una de cada tres mujeres con ocupaciones informales quedó desocupada (33,5%) (boletín estadístico No. 260 INE).  A esto hay que sumar que, los hogares con jefatura femenina presentan mayores niveles de pobreza (9,2%), siendo uno de cada diez hogares monoparentales antes de la pandemia, viviendo en situación de pobreza (10,7%) (Informe de desarrollo social 2018 del MDSF).

Estos números nos revelan el drama en los hogares de nuestro país y la complejidad se incrementa si al frente de un hogar está una mujer. Personas concretas, con familias, hijos, adultos mayores a cargo. Las brechas en tiempos de crisis se acrecientan más.

En este tiempo hemos visto la resiliencia de muchas mujeres de sobreponerse a la dificultad. Han tratado de salir adelante, en la multiplicidad de sus roles, cumpliendo con el teletrabajo o reinventándose con emprendimientos sin descuidar sus hogares y el cuidado de los hijos. Se ha procurado el ahorro y postergar gastos o los pagos de algunas deudas. Ha sido una época para reinventarse.  De hacer cosas que no se pensaba que se podía o que no nos atrevíamos a hacerlo.

Una forma de avanzar en la crisis es volver la mirada a los valores de solidaridad, generosidad, y fraternidad.  Valores que son más propios del ser integral de la mujer. Valores que deben animar las políticas públicas y nuestro diario vivir y no sólo acciones de beneficencia. Volver la mirada a los que más necesitan y construir nuestras decisiones en beneficio de los más vulnerables. Si aprendemos que, detrás de un número hay una persona, como lo hace una madre con cada uno de sus hijos, seremos más sensibles a las necesidades del otro y podamos volcar nuestra preocupación a acciones concretas.

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