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Opinión

Tercera edad y coronavirus


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

ALEJANDRO MEGE

“La juventud es una enfermedad que se cura con los años”. George Bernard  Shaw

En la etapa de pandemia sanitaria que  vivimos, que impacta fuertemente la vida familiar, social,  laboral  y económica de la sociedad chilena, cuyo efecto negativo se prolongará más allá del día en que el coronavirus sea controlado, el grupo etario de ciudadanos, hombres y mujeres de  la tercera edad, se ha tornado más visible a la preocupación de las autoridades con medidas de protección sanitaria, estableciendo su confinamiento en sus hogares – aunque no se esté en cuarentena – en razón de la edad cronológica, categoría que no siempre inhabilita la condición física, intelectual, psíquica, emocional y moral de las personas la que, a pesar de que la suma de los años, no les ha impedido hacer  aportes, de modestos, pero no menos relevante, como la mantención de la familia y la educación de los hijos a hechos importantes en la ciencia, la medicina, la filosofía, el arte, la economía, la política, la técnica, la literatura, la religión y la paz; en la civilización y la cultura, en suma; personas que han contribuido, de una u otra manera, con su palabra, su obra o su ejemplo, al bienestar de su familia y al progreso de las sociedades para una mejor calidad de vida de la humanidad y que han pasado, por la natural e irreversible condición que otorga el haber nacido antes que otros, a ser parte de la “tercera edad” y se les releva de tareas que muchos de ellos están aún en condiciones, físicas y sicológicas de realizar, contribuyendo a preservar en mejores condiciones su propia vida, la de los suyos y de los demás.

Los adultos mayores no quieren ser considerados – decisión tomada más por la sociedad que por la naturaleza – una generación con fecha de vencimiento mientras vivan y puedan aportar sus conocimientos y experiencia. No quieren ser tratados unos excluidos sociales; no buscan compasión ni quieren inspirar lástima, más aun cuando se consideran útiles de algún modo; solo quieren que se les permita demostrarlo y con ello sentirse dignos consigo mismo cuando la sociedad y las políticas, tanto públicas, como privadas, han olvidado que tienen que seguir malviviendo con leyes sociales injustas que reducen a un mínimo insostenible las jubilaciones y donde el derecho a salud resulta precaria y tardía. Peor aun cuando se vive en la pobreza o en situación de calle. Hecho que algunas autoridades, nacidas en este país y vivido en él toda su vida, reconocen que no habían logrado, antes de ahora, visibilizar.

Personas de la tercera edad, denominados – con cierto desdén compasivo por algunos- “los “viejos, han demostrado, en todos los tiempos y en todas las latitudes, que con los años han acumulado experiencia y sabiduría que están en condiciones de aportar a los suyos y a la comunidad, (“la edad pierde sentido cuando todavía se es útil”, dijo Dwight Eisenhower). Hoy son muchos los científicos en la edad de “jubilados” que en todos los laboratorios alrededor del mundo buscan incansablemente el remedio que cure la pandemia que azota a la humanidad y son miles quienes, en esa misma condición etaria están activos prestando su esfuerzo y colaboración en el quehacer de la vida mundial y nacional, no siendo pocos quienes han perdido la vida en esa tarea solidaria, de responsabilidad social y de amor por el prójimo. Como también lo hacen en el área del trabajo, la producción y la economía, sin cuyo aporte la catástrofe puede ser aún mayor. Y, así lo hacen mujeres y hombres de la tercera edad que se reúnen en grupos para seguir sintiéndose vivos y parte de la sociedad.

Las medidas sanitarias racionalmente impuestas por la autoridad para evitar el avance de la epidemia deben ser acatadas, guste o no. Sería irresponsable, criminal incluso, en alguien que, estando infectado del virus o teniendo sospechas de tenerlo, salga a la calle a esparcirlo. Sin embargo, recluir a las personas solo por su edad, sin haber cuarentena sanitaria, estando sanos y en uso de sus facultades, tomando todas las precauciones que sean necesarias, es considerarlos inválidos sociales, impedidos de realizar aquellas funciones que aún están en condiciones de hacer, sin causar daño a nadie y contribuyendo a disminuir la angustia, la incertidumbre y conservar la salud mental. Así lo entendió el intendente de la región de Los Lagos quien, a sus 78 años, optó por no recluirse y continuar cumpliendo personalmente las tareas del cargo por estimar que de esa forma  su  presencia era más útil, sin que su actitud fuera irresponsable ni de rebeldía a las disposiciones del gobierno que representa, ni menos  considerar que esa decisión constituía  un peligro para otros ni para sí mismo.

Muchos – como esos “Viejos y Viejas de mierda”, como se denominaron así mismos destacados actores del teatro nacional que, con avanzada edad, continúan creativos y activos, entregando esparcimiento, humor y reflexión sobre la vida- están en condiciones de hacer también su aporte, cumplir con el trabajo que muchos desempeñan y no estando en cuarentena, en la medida que un PCR negativo les permita movilizarse con un cierto grado de libertad  del confinamiento a que están sometidos con la incertidumbre de no saber cuál es el límite de tiempo en la restricción que les afecta solo por haber sumado años y tomar con el criterio que el tiempo no les ha quitado, la libre y personal decisión de salir a la calle o no hacerlo.

 Siendo sumamente grave la enfermedad que nos aqueja, la vida no se puede mirar como si todas las cosas fueran solo en blanco y negro; hay matices que suelen soslayarse pero que son necesario considerar, como hay situaciones que se deben equilibrar cuando es el bien de todos lo que se busca y encontrar en ello una “normalidad” la que nunca será igual a la que se vivía antes del movimiento social de octubre y la pandemia.

Especial Coronavirus

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