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Opinión

¡Tal cual!


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Según algunos estudios internacionales –de la OECD, entre otros–, la distribución porcentual de candidatos vocacionales y no vocacionales en las distintas profesiones existentes, incluida la pedagogía (fenómeno que afecta principalmente a los países emergentes, aunque con mayor fuerza a los latinoamericanos), se ha invertido drásticamente en los últimos 40 a 50 años. Tanto es así, que se ha llegado a sostener que el 80% vocacional presente hasta los años 70 y 80 ha pasado a convertirse en un 80% no vocacional, al cabo que el 20% no vocacional de entonces, en un 20% vocacional en la actualidad, poniéndose a prueba, por antonomasia, los racionalmente concebidos –pensando en el bien común– juramentos éticos y morales que a raudales y casi visceralmente se vierten en las ceremonias de titulación, por esto de un alza de 4/5 para los no vocacionales y de una baja en idéntica dimensión para los denominados vocacionales.

Fenómeno que, por otro lado, se explica tanto por la masificación de la educación experimentada en los años 70 y 80 derivada de las grandes reformas al sistema educacional chileno llevadas adelante en los años 70 por  el entonces imperante Estado Docente, como por una promoción social inspirada sobre todo en el imperativo  de enterrar o desterrar para siempre (desde una mirada individualista, competitiva y exitista, cuyo cimiento no es otro que un tipo de sociedad fundado en un modelo económico neoliberal ultraísta disfrazado de social, que ha enriquecido a los menos y empobrecido a los más) algunas dolorosas experiencias como las profecías autocumplidas, las desesperanzas aprendidas, los efectos Pigmalión negativos y otras manifestaciones de injusticia social de todos conocidas, hoy reinstaladas, desde luego, a causa del Estado Subsidiario con el que contamos, que  en modo alguno se hace eco de los problemas de la sociedad, como debería ser desde la mirada de un Estado Solidario.

Dicho lo anterior –y esto, sin temor a equivocarnos–, nada de extraño ni contradictorio conllevaría el suponer y argumentar que de concretarse un llamado a concurso público para proveer un determinado cargo micro, meso o macrosistémico allí donde sea necesario, se diera una relación uno a cuatro entre oponentes vocacionales y no vocacionales; es decir, donde se diese que por cada postulante vocacional para la tal  oportunidad de trabajo, se presentaran alternativamente cuatro oponentes no vocacionales, con todo lo que ello pudiera implicar en términos de solvencia de la prestación profesional por parte de quien resultase vencedor y los niveles de  calidad del servicio estatal involucrado en el llamado a concurso. Realidad que, de ser extrapolada al ámbito de la educación, que es, para el caso, nuestro espacio de competencia profesional y académica, bien podría llevarnos a colegir que la masiva presencia de docentes ejecutores e implementadores presentes en los sistemas educacionales, cualesquiera sean estos, dice directa relación con unos posibles docentes no vocacionales, así como la menguada presencia de los denominados agentes curriculares, con unos probables docentes vocacionales.

Desde luego, no contribuyen, pero en modo alguno, a la prestancia de la profesión docente, ni al fortalecimiento de  su historia, su legado, su prestigio, su proyección moral y ética, ni al respeto que merece en y desde el contexto amplio y profundo de la sociedad (ganado sin discusión en y con el tiempo), ni menos a sus aportes y desafíos presentes y futuros respecto de las generaciones de recambio de las que es responsable por condición sine qua non, quienes para acceder a la condición de candidatos a pedagogos esgrimen razonamientos periféricos, livianos, utilitaristas que nada más anuncian –y de ello, qué duda cabe–, la próxima llegada de nuevos docentes ejecutores e implementadores, parte del 80% no vocacional del que hablan los estudios internacionales aludidos al inicio.

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