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Opinión

Así los envío Yo


 Por La Tribuna

Jn 20,19-31

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles

El Evangelio de este domingo, que culmina la Octava de Pascua, nos refiere dos encuentros de Jesús resucitado con sus discípulos, el primero ocurrido la tarde del mismo día de su resurrección y el segundo ocho días después en un día como hoy, Domingo II de Pascua.

La primera que vio a Jesús resucitado fue María Magdalena, que fue al sepulcro en la madrugada del día siguiente al sábado, es decir, el primer día de la semana. Ella transmitió a los discípulos, a quienes Jesús llama «mis hermanos», este mensaje de parte de Él: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Para que este mensaje impresionante adquiriera sentido para ellos, ellos tenían que creer antes en la resurrección de Jesús. Dicho por un muerto no tiene sentido. Ese mensaje encierra la esencia de la fe cristiana. En efecto, Jesús afirma que Él es Hijo de Dios, declarando que aquel a quien Él llama «mi Padre» es Dios, y que sube hacia Él. Al mismo tiempo afirma que sus discípulos son hijos de ese mismo Dios, llamándolo también «vuestro Padre». Es la única vez en este Evangelio en que Jesús usa ese adjetivo posesivo –«vuestro»– referido a su Padre. De esta manera, el evangelista deja todo su Evangelio –el IV Evangelio– incluido en esa verdad, pues la anuncia también al comienzo: «A cuantos lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre» (Jn 1,12); se refiere al Logos encarnado, que estaba junto a Dios y que era Dios. La inclusión es un procedimiento literario muy usado por los judíos, que consiste en enunciar la verdad que se quiere realzar al principio y al final de un desarrollo, que así queda incluido.

El anuncio de María Magdalena ciertamente convocó a los discípulos y en eso estaban, cuando ocurre lo que relata el Evangelio de hoy: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “Paz a ustedes”». Ya no necesitaban discernir la verdad de lo anunciado por María Magdalena: ¡Lo estaban viendo ellos mismos! «Los discípulos se alegraron de ver al Señor».

En este primer encuentro ocurren cosas fundamentales. En efecto, cuando Jesús está por dejar la escena de este mundo –«subo a mi Padre»– les encomienda su misma misión, la que tuvo origen en el Padre y que tiene que prolongarse hasta el fin de los tiempos para alcanzar hasta el último ser humano: «Como el Padre me envió a mí, así los envío Yo a ustedes». Y para esta misión los provee de lo necesario: «Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”». Jesús afirma que el poder de perdonar pecados, que pertenece sólo a Dios, Él lo ha adquirido con su muerte en la cruz y ahora los concede también a los Doce, que allí eran sólo diez: «Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús». Pero en ese momento se trata de un anuncio, representado por el gesto de soplar. Cuando ocurra realmente y venga ese viento impetuoso el día de Pentecostés, se habrá restituido el número de los Doce. Con el gesto de soplar Jesús quiere representar lo que confesamos en el Credo sobre el Espíritu Santo: «Procede del Padre y del Hijo». Así lo había prometido a ellos: «Cuando venga el Paráclito, que Yo les enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí» (Jn 15,26).

El poder de perdonar los pecados que Jesús dejó en la Iglesia es un don de su infinita misericordia. Nadie puede perdonar pecados, sino sólo Dios. ¡Esa es la dimensión del don! Por medio del perdón de los pecados, Dios quiere ejercer su misericordia sobre todos, como lo declara San Pablo: «Dios encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos» (Rom 11,32). Dado que ese don fue concedido a la Iglesia en un día como hoy, fue declarado este Domingo II de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia. Para esto Dios se valió de Santa Faustina Kowalska.

«Los otros discípulos decían a Tomás: “Hemos visto al Señor”». Pero a Tomás no le basta ese testimonio. No le basta una aparición. Él quiere verificar con el tacto que es Jesús en carne y hueso y que es el mismo que estuvo crucificado: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». ¿Qué es lo que no creerá? El día en que Tomás verifique por medio del tacto que Jesús verdaderamente resucitó, ya no tendrá que creer en eso, porque será objeto de verificación empírica. ¿Quiere decir que ya no tendrá que creer en otra cosa? Justamente, cuando verificó que Jesús había resucitado, formuló el acto de fe más explícito que poseemos confesando ante Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

Después de esa confesión impresionante de la divinidad de Jesús, Jesús le dice: «Porque me has visto has creído». ¿Es una afirmación o un reproche? Ambas cosas, como ocurre a menudo en este Evangelio. Es un reproche, por no haber creído al testimonio de los demás apóstoles, que le decían: «Hemos visto al Señor». Pero también en una afirmación, porque para creer hay que ver, aunque los objetos de ambos actos –ver y creer– son distintos. Se ve algo; pero la fe es un don de Dios y trasciende infinitamente lo visto y no se deduce de lo visto. Tomás vio a Jesús resucitado; pero confesó que Él ¡era su Señor y su Dios!

El único que creyó en la resurrección de Jesús sin haberlo visto es el autor de este Evangelio, y nosotros. Pero él, ¿qué es lo que vio? Lo dice él mismo: «Vio y creyó» (Jn 20,8). Lo que vio es el sepulcro vacío, las vendas en el suelo y el sudario plegado aparte. Y ¿qué es lo que creyó? Algo que trasciende esa visión: ¡Creyó que Jesús no estaba allí, porque había resucitado!

El acto de fe es un don de Dios y se porta sobre lo que no se ve. Lo declara la carta a los Hebreos antes de detallar la fe de los patriarcas: «La fe es la prueba de las realidades que no se ven» (Heb 11,1). Pero esa fe la da Dios con ocasión de algo que sí se ve. Da aquí la necesidad del testimonio. Jesús había dicho a sus apóstoles: «El Espíritu dará testimonio de mí». Pero agrega otra cosa necesaria: «También ustedes darán testimonio» (Jn 15,27). Ese testimonio no consiste sólo en la palabra; consiste, sobre todo, en una vida conforme con esa palabra y con la fe que se profesa. El testimonio esencial es el de la vida de la Iglesia en toda su riqueza, sobre todo, el de sus santos. Dios concede la fe por el testimonio de los santos. Este es el envío fundamental. A esto se refiere Jesús, cuando dice a sus discípulos: «Así los envío Yo».

Este es el testimonio que tiene que dar la Iglesia de Cristo en toda circunstancia, también en este momento en que el mundo está afligido por la pandemia del Covid-19. La Iglesia debe dar el testimonio que dio Pedro, cuando le prohibían hablar en el Nombre de Jesús: «No se nos ha dado bajo el cielo otro Nombre por el cual podamos ser salvados» (Hech 4,12). Salvados también del coronavirus. Debemos dirigirnos a Él y clamar: «Señor, sálvanos, que perecemos» (Mt 8,25).

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