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Opinión

A propósito de la pandemia que nos afecta


 Por La Tribuna

Prof. Juan Manuel Bustamante Michel
Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Existen tres modalidades de enseñanza ampliamente validadas con la práctica en el tiempo, de conformidad con  los requerimientos que les plantean a los sistemas escolares las distintas realidades de los países del orbe; a saber, la enseñanza presencial (caracterizada, como sabemos, por una relación cara a cara entre enseñantes y aprendientes), la semi presencial (que precisa de una relación cara a cara parcial entre docentes y discentes) y la remota, a distancia o simplemente tele educación (que prescinde de una relación cara a cara entre profesores y estudiantes); modalidades todas éstas que pueden ser macro, meso y micro sistémicas y dispuestas a requerimientos de largo, corto y mediano plazo, allí donde se manifiesten para beneficio de sus usuarios.

Las modalidades en comento pueden constituir prácticas únicas o mixtas, así como permanentes o transitorias – tanto en los ámbitos públicos como privados -, dependiendo, eso es claro, de ciertas condiciones sobrevinientes, entre otras, de las distintas realidades históricas, sociales, culturales, geográficas, climáticas y emergentes (como pandemias y desastres) que afectan a las poblaciones de estudiantes.

La modalidad presencial es de suyo la más conocida y difundida a lo largo y ancho de los distintos sistemas educacionales del mundo – desde la educación inicial a la educación terciaria -, misma que hemos experimentado con un  reclutamiento forzoso consistente en un violento desarraigo del núcleo familiar, como es el que se da cuando un / niño / a asiste por primera al colegio en calidad de educando (o demandante de educación, según palabras de los expertos) para interactuar, en función de lo que debe ser su formación integral, con personas desconocidas que a partir de ese momento se proyectan como una suerte de familia extendida.

La modalidad semi presencial, por su parte, es aquella en la que se combinan tanto la enseñanza presencial, y con un nivel mínimo de expresión (uno o dos días a lo más en la semana), como la enseñanza remota o a distancia (que es la que mayormente prima en esta modalidad mixta); modalidad que es de preferencia utilizada en la educación secundaria para la  regularización y término de estudios del nivel señalado y en actividades y programas especiales de capacitación para trabajadores, profesionales y técnicos en diversos campos del saber del saber humano, en la idea de conciliar estudio y trabajo sin necesidad de interrumpir quehaceres habituales.

Finalmente, la tele educación o educación a distancia o remota, que es aquella en la que no es posible una relación  docente – discente – docente o enseñante – aprendiente – enseñante (o cara a cara, si se quiere), resolviéndose el proceso de comunicación didáctica que se deduce del desarrollo o puesta en acción del acto educativo con el diseño, elaboración y envío de materiales impresos, el uso de redes sociales diversas, la tele o video conferencia, la utilización de determinadas plataformas macro, meso o microsistémicas y algunas emisiones radiales y televisivas, entre otros recursos disponibles para un quehacer de esta naturaleza; modalidad, al cabo, que como todo proceso de enseñanza y aprendizaje – o enseñaje en términos actuales – (sólo que en forma remota en este caso) incluye las evaluaciones inicial, procedural y terminal (también actitudinales) requeridas que permitan dar cuenta de lo que ha sido la realidad de los educandos antes, durante y después de los procesos señalados y de su situación última y final.

Entonces, dicho lo anterior, y a propósito de la crisis derivada de la pandemia que nos afecta, he aquí la siguiente pregunta: ¿estábamos preparados como sistema educacional para atender a los estudiantes de forma remota sin que ello se tradujera en más segregación social de la que tenemos? Claramente no, atendida la necesidad que ésta supone hoy.

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