viernes 22 de noviembre, 2019

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Opinión

Crisis política, una mirada desde la centralidad de la persona


 Por La Tribuna

Cynthia Plencovich Azat
Directora de Formación e Identidad
Santo Tomás Los Ángeles

En este minuto, nuestro país parece hundirse en una profunda crisis política y buscamos ansiosos una salida. No obstante, hacer un diagnóstico claro que nos permita dimensionar el tamaño de la fractura y buscar una solución adecuada, es aún apresurado.

Desde mi perspectiva, y habiendo hecho la anterior salvedad, el olvido de la tradición y los valores que nos permitían orientarnos en un mundo común llevó a los individuos atomizados a conformarse con las leyes del mercado y los procesos de consumo, destruyendo el sentido de identidad y pertenencia con su comunidad. Frente a este escenario, la sensación de impotencia y superfluidad de las masas no podía más que crecer y volverse intolerable, conduciendo así a un profundo malestar, una desconfianza en el sistema político y sus representantes, y la consecuente baja participación electoral.

Hannah Arendt, en La promesa de la política, destaca que hay una condición sine qua non para la política misma, a saber, la pluralidad de los hombres. En este sentido, valorar la pluralidad implica entender que, si todos comprendiéramos las cosas desde un mismo prisma, el mundo histórico-político llegaría a su fin. Y esto es lo que han pretendido todos los líderes de tintes totalitarios, anular la diversidad imponiendo una interpretación única de la realidad, arrogándose representar la voz del pueblo (como si fuese una masa homogénea) y el destino de la humanidad.

En esta misma línea, Aristóteles señala que es la amistad y no la justicia, el vínculo que mantiene unidas a las comunidades, es decir: “ver el mundo desde el punto de vista del otro- es el tipo de conocimiento político por excelencia. La máxima virtud del hombre de Estado consiste en comprender el mayor número posible y la mayor variedad de realidades” 

Sin embargo, la atomización social y el sentimiento de superfluidad, destruye el sentido de realidad que viene dado al ser visto y escuchado por otros. De este modo, el sujeto aislado cree que es imposible generar una acción concertada entre ciudadanos iguales y que la violencia es la única forma de ser reconocido en sus demandas.

Siguiendo a Arendt, podemos afirmar que la violencia, contrario a lo que se cree, está lejos de ser una manifestación de poder sino más bien de impotencia y es totalmente a política en tanto suprime la igualdad ante los ciudadanos, y la relación se transforma en una de mando y obediencia.

En conclusión, creo que para buscar una salida a esta crisis es necesario volver a situar a la persona como protagonista de los procesos de desarrollo, destacar su dimensión ética y fortalecer los lazos con la comunidad. Es necesario, como señala Kymlicka, que el nuevo ciudadano se preocupe por los excluidos de la cultura compartida, tener una concepción republicana de la participación y establecer un diálogo permanente como respuesta entre las tensiones razón – sujeto.

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