martes 19 de noviembre, 2019

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Opinión

La fraternidad como camino de unidad


 Por La Tribuna

Fermín Roa Vallejos
Gran Delegado
Gran Logia de Chile

En estos días dolorosos cabe tener esperanza en que será la prudencia, el respeto, el diálogo, y la necesidad de pensarnos y reflexionar sobre nuestros propios quehaceres, lo que nos permita encontrar un camino en la búsqueda de la respuesta.

La libertad, la igualdad y la fraternidad pueden comenzar como un modelo de salida para recomponer la fractura social producida en nuestro país estos últimos días.

La fraternidad nos une directamente con el concepto de empatía, o capacidad de ponerse en el lugar del otro. Es la sociedad y mi contexto el que me definen como ser, y por eso reconozco a los otros como mis hermanos, porque desde las bases sociales básicas aprendo a caminar junto a ellos. Soy capaz de dar y compartir permanentemente. Es la negación del egoísmo. Si existo, si soy, es para otros. Me doy a los demás a través de mi trabajo y por este recibo una retribución que permite mi propio desarrollo.  Así como mi acción es para otros, la de otros es para mí.

La libertad la concebiremos como la facultad que tiene el ser humano de obrar de una manera u otra o de no obrar. Ella constituye un atributo inherente a la mujer y al hombre, en tanto ser individual y social. Sin libertad no hay ser, ergo sin libertad no hay sociedad posible.

La Igualdad podremos alcanzarla – independiente del postulado filosófico en que todos los seres humanos nacemos iguales -, en tanto reconozcamos que somos todos determinados por una misma condición humana, con sus debilidades y fortalezas, sólo diferenciables por el mérito, el talento, la sabiduría, la virtud, como únicas distinciones admisibles.

Pero sin fraternidad, la libertad y la igualdad no pueden existir, así como sin libertad e igualdad tampoco puede haber fraternidad. Es la fraternidad entonces el lazo que unifica no sólo a las sociedades sino también las naciones y a las diversas razas.

La responsabilidad es de todos y todas. Podemos exigir del gobernante, del primer mandatario -porque es el primero que se debe al resto-, la altura ética y moral para conducir al país hacia la paz social y a un bienestar más equitativo para la sociedad y sus integrantes y que resuelva desde la institucionalidad lo que deba resolver respecto a las inequidades profundas de nuestra nación.

Asimismo, sería ciego e irresponsable no comprender que el problema demanda que las mujeres y hombres de esta república actuemos con responsabilidad en nuestra propia acción diaria, en nuestro propio microespacio, en nuestras familias y en nuestro trabajo.

Debemos ser consecuentes en nuestra acción más allá de la justificada demanda, debemos serlo en nuestra participación, más allá de la queja. La búsqueda de caminos que nos conduzcan a ser una sociedad más libre, más igualitaria y fraterna, también depende de nosotros en nuestro diario vivir. Esta es la hora en que todos debemos estar a la altura de la expectativa generada para, verseando a Maturana, resolver esta crisis desde la comprensión del otro como un legítimo otro. Como un igual, como un hermano.

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