miércoles 20 de noviembre, 2019

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Opinión

El país que somos. El país que seremos


 Por La Tribuna

Felipe Kast S.

A los que queremos Chile, su democracia, su historia y su pueblo, nos duele lo que estamos viviendo. Hemos fallado. No podemos decir otra cosa, si nos atrevemos a mirarnos al espejo y somos sinceros con lo que vemos.

Veo a los menos destruyendo y los muchos, mirando impávidos. Una mezcla de incredulidad, resignación y sentimientos encontrados, que invadía a millones que se debatían entre un reclamo legítimo, acciones vandálicas y sentimientos de impotencia por sentirse atacados. Porque lo que vivimos fue un atentado contra nosotros mismos y eso dice mucho del estado en que se encuentra nuestra sociedad.

Mientras veía este panorama desolador, no podía dejar de reflexionar en lo difícil que se ha hecho gobernar en serio y gobernar con la verdad. En otros países, donde el populismo se ha instalado, el alza de precios se esconde con emisión de billetes e inflación. ¿Empatizan esos gobiernos con el pueblo o derechamente lo engañan?

En Chile, hasta ahora, hemos logrado tomar otros caminos. La chispa se encendió porque a través de una ley definimos hacer un trabajo profesional y que un panel de expertos emitiera los dictámenes que decretan un alza. Duele. Duele, pero está bien. Es una forma de hacer política que debemos defender, sin obviar que el problema es el costo de vida de la clase media y la urgencia de mejorar la calidad del empleo en nuestro país. Los sueldos no alcanzan y eso duele en el corazón de nuestra sociedad.

¿Por qué duele tanto? Porque que millones de chilenos ganan el mínimo o solo algo más que el mínimo. Duele que no logramos mejorar la educación y la salud. Duele porque hay lugares en que una guagua no puede descansar en su cuna sin que peligre su vida. Y vaya que duele que en La Araucanía, donde miles de personas de bien no puedan trabajar porque unos pocos reparten terror y se toman con violencia la representación de un pueblo de paz. Duele porque existen 2 Chile, de realidades radicalmente distintas, bajo la misma bandera. Comunas con ingresos de países europeos, con buses eléctricos gratis, drones y museos de cera, y otras comunas con ingresos de países africanos, sin calefacción para los niños en los colegios.

Lo acontecido entonces no se trata de un panel de expertos, ni del alza del transporte púbico. Se trata de entregarle dignidad y seguridad a nuestra clase media. Por eso el oportunismo político de las últimas horas también es repudiable. Porque nadie pone el pie en el freno para que discutamos lo realmente importante: cómo vamos a ponernos de acuerdo para tener una economía que genere empleos y sueldos de calidad. Para eso no hay atajos, sólo lo lograremos con políticas públicas de primer nivel, esas que promuevan la inversión y ataquen con fuerza los abusos y la colusión.

 Chile debe avanzar en equidad. Es urgente. Pero ahora, más que nunca, no podemos hacernos trampa. Hablemos con la verdad. Partamos por decir que hemos avanzado; no olvidemos lo que hemos logrado trabajando seriamente y gobernando sin populismo. A pesar de todas las deficiencias, somos el país más avanzado de América Latina en salud, educación, vivienda e ingreso per cápita. Eso no es menor. Lo hemos logrado todos los chilenos con mucho esfuerzo, pero lo podemos perder rápido, sin ningún esfuerzo. Los cantos de sirena del facilismo y del populismo no nos deben seducir para abandonar una senda de trabajo, esfuerzo y responsabilidad.

Digamos también que la política falló, que los políticos le fallamos a los chilenos. Reconozcamos sin medias tintas que hace años nos tomamos el Estado, se lo sacamos de las manos a los ciudadanos, lo capturamos para nosotros y nuestros intereses; que ese músculo que debía llevar equidad, se transformó en un botín de campaña, una agenda de empleos de partidos políticos de lado y lado. Es urgente devolverle el estado a los ciudadanos y terminar con el cuoteo político.

El futuro de la mayoría de los chilenos depende aún, en buena medida, de la cuna en que nos toca nacer. Si vamos a enfrentar esto en serio no podemos no partir ahí: en la infancia. El drama social de Chile se incuba en nuestra infancia, tan agredida, olvidada y violentada. El camino es largo, pero es el único que ataca el problema en su raíz. Hablemos con la verdad.

La injusticia no se enfrenta con recetas mágicas. Se enfrenta con un proyecto de país de largo plazo, que vaya al fondo. Se enfrenta con una economía rigurosa y seria, una que no acepte ningún tipo de abuso. Se enfrenta con la elaboración de políticas públicas y una regulación laboral pensada en el vertiginoso y cambiante mundo actual.

Los chilenos más que nunca nos vemos hoy en la necesidad imperiosa de enfrentarnos al futuro. Ahora, como hace rato no nos pasaba, nos jugamos el futuro. Nos jugamos el país que seremos. El desafío es construir “Un solo Chile”.

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