miércoles 20 de noviembre, 2019

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Opinión

Abordar el malestar social en familia


 Por La Tribuna

Horacio Salgado Fernández 
Director Escuela Psicología
Universidad San Sebastián

La sociedad chilena vive días históricos. Desde luego, el escenario de agitación social que experimentamos de manera sistémica implica ineludiblemente un desafío país, cuyo fin último debiera estar orientado a obtener frutos benéficos para el futuro de las nuevas generaciones. ¿Cómo podemos contribuir desde nuestras familias a que esos frutos, efectivamente, se produzcan?

De partida, evitaré cualquier diagnóstico. Ya hemos leído y escuchado los más variados, livianos y sesudos, durante estos días. Incluso aquel que sostiene que no hay en verdad crisis social. Para cualquiera de ellos, intentaré esbozar tres pilares sobre los cuales me parece posible contribuir al país desde el núcleo familiar. Para esto, parto de la base de que somos seres capaces de razonar.

Un primer pilar consiste en enseñar a considerar al otro un legítimo otro. Esto que parece una perogrullada es, por lo mismo, fácil de olvidar en el fragor del posicionamiento que cada uno, con su propia historia, puede sostener en momentos tan tensionados como éstos. Enseñar a niñas y niños a legitimar a quien piensa distinto, sin menoscabar su posición porque sea diferente, es un paso básico para cualquier entendimiento racional posterior.

Un segundo pilar consiste en cultivar la conducta ética de nuestros hijos en la cotidianeidad. Es sencillo arremeter contra quienes cometen actos de violencia, saqueo y vandalismo, o contra el triste espectáculo de la conducta ética de parte de la clase política, del empresariado o de las autoridades religiosas y uniformadas. Pero –lo indiqué en estas mismas páginas en junio pasado– muchas veces dejamos pasar las pequeñas transgresiones cotidianas: el automovilista que cruza pese a que el semáforo ha cambiado de color, la persona que no recoge los detritus del perro que saca a pasear al frontis de la casa del vecino. Al mostrar esas pequeñas transgresiones a niñas, niños y adolescentes (y al evitarlas, desde luego) no solamente estamos actuando éticamente, sino que también los estamos educando.

Un tercer pilar consiste en enseñar a dialogar, basándose en la argumentación y la evidencia. He experimentado con tristeza cómo, a propósito de los hechos que acontecen en el país, dos ex compañeros de colegio, que compartieron largos años de infancia, terminaron –durante una conversación en una red social– por caer en falacias ad hominem, esto es, atacándose duramente en vez de plantear sus argumentos y evidencias. Enseñar a pensar y a discutir, y a ofrecer y aceptar genuinamente las disculpas cuando traspasamos los límites de un diálogo racional, también forma parte de lo que podemos heredar a las próximas generaciones.

Los adultos tenemos una especial responsabilidad durante estos días para educar a nuestros hijos, porque es probable que los frutos de ello sean las bases de una paz social duradera que puedan disfrutar nuestros nietos y los nietos de nuestros nietos en el largo clavel de las generaciones.

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