sábado 24 de agosto, 2019

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Opinión

Analfabetos viales


 Por La Tribuna

Alejandro Torres Flores
Académico Escuela de Ingeniería
Universidad Central

En 1976, el estadounidense James C. Fell definió un accidente de tránsito como “falla en el desempeño de las habilidades requeridas para conducir o una alteración notable de las condiciones de la vía o del vehículo. Los factores que desembocan en un accidente de tránsito surgen dentro de una compleja red de interacciones entre el conductor, el vehículo y la vía, en unas determinadas condiciones ambientales”.

El accidente de tránsito que ocurrió en San Francisco de Mostazal el pasado 29 de julio tuvo el siguiente contexto: pavimento mojado por las precipitaciones de lluvia, vehículo pesado que circula a velocidad inadecuada para las condiciones climáticas del momento y además con graves fallas mecánicas; es decir, se dieron todas las condiciones para prever con bastante certeza que el resultado iba a ser el que se produjo, un accidente de tránsito con víctimas fatales y heridos graves.

Desde hace mucho tiempo que las investigaciones de accidentes de tránsito concluyen que estos no son hechos fortuitos e inevitables, sino que al contrario, el accidente de tránsito es una consecuencia de alguna falla evitable y predecible dentro del sistema vial.

¿Cómo evitar o mitigar sus efectos? Actuando de manera preventiva y estratégica sobre los factores que los provocan: conductor, infraestructura y vehículo. Suena simple, pero no lo es tanto, sobre todo cuando no se cuenta con los recursos necesarios para ello.

En ese sentido, es necesario partir por una institucionalidad fuerte que tenga injerencia y presencia constante en las empresas de transporte de pasajeros (más que fiscalización, presencia en la dirección de una unidad central que realice control de gestión sobre la operación de buses interurbanos), en las escuelas de conductores (forma y fondo de lo que allí se enseña, en todos los cursos para obtener la licencia de conducir) y creando conciencia y cultura vial en todos los actores de la sociedad a través de programas de educación vial desde edades tempranas.

Nuestra poca o nula cultura vial, hace que no percibamos el riesgo intrínseco que conlleva el uso del espacio vial (ya sea como peatón o conductor de los diferentes modos de transporte), lo cual trae consigo conductas muy arriesgadas, no advertir las condiciones de la vía y ambientales, minimizar las consecuencias que puede producir la circulación de un vehículo en mal estado, ni menos de las condiciones o habilidades de los profesionales de la conducción.

Si a ello sumamos dejar al libre mercado la ‘industria’ del transporte de pasajeros, la oferta llega a ser tan variada que se da cabida a inescrupulosos (o analfabetos viales), que harán cualquier cosa por ser competitivos y maximizar sus utilidades, como por ejemplo, arriesgar la vida de 50 personas transportándolas en un bus sin las condiciones mínimas para circular por la carretera.


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