jueves 22 de agosto, 2019

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El Estado: del honor al botín


 Por La Tribuna

MARIO RIOS (10)

En los primeros asentamientos humanos, la principal y casi única responsabilidad de sus componentes, fue obtener alimentos. Es así que instalados junto a ríos, (Éufrates, Tigris, Nilo, los más solicitados en la antigüedad), dieron cuenta de tales menesteres. Fue ahí también, que se dio la ocasión de estructurar un Estado que, primitivo en sus inicios, se fue consolidando hasta convertirse en organismo superior, de una nación, gobierno o, más grande aún, de un imperio. Y en ellos, el primero surge del Nilo.

En la observación y estudio de aquel asentamiento primitivo, ubicado en la ribera del Nilo, que permitió a sus componentes conocer de la siembra y cosecha. El légamo, abono natural, entregaba nutrientes de alto rendimiento que se llegó a tener cosechas de grano y otros en tal cantidad, que no fue necesario que todos sus miembros trabajaran en procura de su alimento. Ahí surge un grupo de marginados de la faena laboral. Nacían oficialmente los “Prescindibles” que, conformaron algo, que sirviera a quienes seguían en procura del alimento. Primero fue protegerlos, luego comercializar los excedentes con otros asentamientos, más adelante, levantar estructuras para guarda y finalmente, un gobierno que administrara todo esto. Y llamaron a uno de los suyos y le dieron por nombre, Faraón. Había nacido el Estado.            

Dicha estructura, institucional y física, en cuanto se levantaron palacios y sedes de Gobierno, de las más diversas formas y emplazamientos, fueron cobijando a estos primitivos “prescindibles”, como fueron llamados en su génesis por la historia. Por de pronto, aumentó la población y como el ser humano, animal finalmente, vive en torno al conflicto, recogió a los “prescindibles” que se extendía en otras áreas, ya no sólo del trabajo de la tierra, conformando un Poder, cuyas dimensiones, alcanzaron magnitudes impensadas para el ser humano. A ello, se le denominó, Gobierno y se hizo cargo de la fuerza, de la economía, cultura y terminó representando a su “pueblo”, frente a otros pueblos: surgen las naciones y de lo que ello se desprende, las nacionalidades, son también administradas por esos estados. El poder alcanzado, es tan absoluto que, de “prescindibles” pasaron a ser “imprescindibles”. En los siglos que siguieron, surgió el honor, esa identidad moral de un individuo o grupo de personas que, incubado en el sentimiento personal, extendido a la sociedad, fue el acicate principal de pertenecer al Estado. En él se radicó el progreso y la fuerza de una Nación que sus habitantes, le dieron el carácter de familia de tierra. Nacen, los chilenos, peruanos, argentinos, franceses, etcétera, cada uno lo expresó, con más o menos orgullo dependiendo de las metas alcanzadas frente a este nuevo mundo moderno, analista y comprometido con la ciencia y las humanidades.

Sin embargo, lo anterior, murió o está escondido. Ahora el Estado, es un “Botín” que permite todo. Nace la corrupción y se repletan los órganos públicos, municipalidades, servicios, de “prescindibles” que los hacen aparecer “imprescindibles”. Un alcalde, “paga”, las lealtades u obligaciones políticas asumidas, con otros líderes, contratando a decenas de personas, pagando con platas de todos. Otros, desde los ministerios, lo mismo, en un servicio público, patrimonio de un Partido, se completa con camaradas. En fin, el honor ha terminado y las virtudes, aquel conjunto de bienes intelectuales y morales, son avasallados por quienes se han engolosinado con el poder.

Pero, no hay mal que dure cien años. Los tiempos que vienen, traen escobas para barrer y volverá el honor al servicio público.

Mario Ríos Santander        


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