miércoles 17 de julio, 2019

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El azaroso camino del magisterio


 Por La Tribuna

ALEJANDRO MEGE

A los pocos meses de haber egresado como profesor normalista e iniciado mis actividades en la Escuela Nº 46 de Villa Mercedes, comuna de Quilleco, el 24 de agosto de 1961 se inició la huelga más larga del magisterio chileno convocada por la entonces Federación de Educadores de Chile que duró 55 días y que terminó el 19 de octubre y, aun reiniciadas las clases, “los educadores del Norte Chico, de Talca, de Los Ángeles, de Osorno proseguían marchando…” (Iván Ljubetic).

La primera huelga de docentes en Chile y América fue iniciada por un grupo de profesores del Instituto de Educación Física el 12 de agosto de 1918 y duró 3 días, logrando su objetivo: que se pagara a los maestros una gratificación que se les negaba.

Estas huelgas, como tantas otras, que ha tenido que realizar el profesorado, es el último recurso y, quizás, la única herramienta que ha tenido el gremio para que se le haga justicia y se le reconozcan sus derechos, situación que ha sido una constante para los profesores que se desempeñan en la educación pública que, en los inicios del siglo XX, no tenían iguales beneficios que otros funcionarios estatales, situación sujeta a la ley de presupuesto cuya aprobación dependía de las “rencillas de los partidos políticos”. Situación que hoy no ha cambiado mucho, menos cuando existe la tendencia del propio Estado de otorgar cada vez menos atención a la educación pública.

Sacrificadas marchas de a pie de muchos kilómetros de profesoras y profesores, agotadores viajes a concentraciones  en distintas ciudades, ollas comunes, huelgas de hambre, han formado parte de la lucha por la dignidad de su profesión del gremio más grande del país, obligado por un desempeño laboral en ambientes materiales deplorables, presionado por resultados cuantitativos (lo formativo está ausente y si la escuela no mejora sus resultados, se cierra), temor al cese laboral, promesas de los gobiernos incumplidas, deuda histórica impaga y baja consideración social y de la élite política que olvida que ha sido la tarea de los profesores lo que ha permitido al país su crecimiento y desarrollo y a la clase dirigente estar donde está.

Los profesores saben bien cuál es el costo que deben pagar cuando se movilizan; se les acusará del daño que hacen a los estudiantes cuando dejan de atender a los alumnos más vulnerables (en circunstancias como ésta es cuando las autoridades se acuerdan de ellos) y los hacen responsables de los magros resultados de un sistema educativo que no ha sido prioridad en las políticas públicas.

Los profesores, que sí tienen consciencia social, saben que su profesión no los hará ricos, pero legítimamente esperan  que le permita vivir dignamente y que, al final de su vida laboral, no tengan una pensión de hambre.

Puedo asegurar que a los profesores no les gustan los paros de actividades y sólo los asumen cuando no queda otro camino, entendiendo que su tarea educativa incluye la promoción y ejercicio de la igualdad, la libertad y la justicia; la participación ciudadana, la defensa de los derechos de las personas y el respeto por la dignidad personal, laboral y profesional. Si no están ellos mismos en condición de practicarlos, ¿Cómo podrían enseñarlos?

La autoridad debe saber que tratar de someter a los docentes a su visión personal de la educación no es el camino.

Alejandro Mege Valdebenito.


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