lunes 24 de junio, 2019

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El miedo a la libertad


 Por La Tribuna

Mario Weldt, abogado

“Libertad” es una de las palabras más bellas y significativas que tiene nuestro léxico.

La libertad puede definirse como la facultad que tienen las personas para elegir de manera responsable, actuar o no actuar de una u otra forma.

Tan importante es la expresión libertad que nuestra Constitución Política parte señalando que: “Las personas nacen libres…” (art. 1°). Y luego en su artículo 19 la Constitución consagra expresamente una serie de libertades: libertad de conciencia y de culto, libertad personal (de movimiento), libertad de opinión y de información, etc.

Esto se debe a que la libertad es un atributo esencial e inherente a toda persona, que se tiene desde que uno nace, ya que emana de nuestra propia naturaleza, siendo por ello previa y anterior al Estado; razón por la cual debemos protegerla de quienes quieran limitarla indebidamente.

Sin embargo, esta concepción de la libertad, es relativamente nueva. Cobra relevancia recién a fines del siglo XVIII con el advenimiento de las revoluciones norteamericana (1776) y francesa (1789), las cuales buscaban liberarse del poder opresor de los monarcas gobernantes.

Fruto de estas revoluciones comienza a consagrarse la idea de libertad como un valor fundamental para las personas, lo que se tradujo en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, con lo cual además se consagraban otras dos ideas esenciales para nuestra sociedad actual: la democracia (moderna) y el estado de derecho.

Esta triada inseparable (libertad, democracia y estado de derecho) constituyen la base de la actual organización política de las naciones más civilizadas. De ahí la importancia de proteger, garantizar y promover estos valores, cuya instauración ha costado tanto alcanzar.

El lector podría preguntarse, entonces ¿por qué habría de tenerse miedo a la libertad?

Hemos visto que la libertad es una idea revolucionaria y relativamente reciente, que se originó en respuesta a la opresión de regímenes políticos autoritarios. Vino a significar, entonces, una pérdida de poder del gobernante en favor de sus gobernados.  

Los gobernados, de simples ciervos pasan a ser ciudadanos con derechos y con poder de elegir a sus gobernantes. Se produce un traspaso del poder desde arriba hacia abajo, originándose de este modo una relación más horizontal entre unos y otros.

El ciudadano libre y con igual dignidad y derechos que el gobernante, adquiere un poder de mando. Y el gobernante, ahora limitado por un estado de derecho, pasa a tener que obedecer el mandato que ha recibido de los ciudadanos que lo eligieron. 

Este profundo cambio en las relaciones de poder entre gobernantes y gobernados, genera miedo.

Miedo en el gobernante, porque ya no puede hacer lo que se le antoje. Ahora debe responder de sus actos, ya que si se extralimita o realiza un mal gobierno, puede ser echado o incluso juzgado si llega a cometer delitos.

Pero también genera miedo en los gobernados, porque la libertad implica mayor autonomía y responsabilidad.

El ciudadano ahora es más autónomo porque al adquirir poder él debe decidir por sí mismo qué rumbo seguir en su vida. Ya no será el gobernante quien le diga qué hacer o no hacer. Ahora es el ciudadano quien determina su propio proyecto de vida.

Esta autonomía, a su vez, conlleva una mayor responsabilidad. Ahora que somos libres y autónomos, somos también responsables de nuestros actos.  

Esta responsabilidad se traduce en que si abusamos de nuestra libertad, dañando injustamente a otros, deberemos reparar el daño causado y asumir las eventuales responsabilidades, incluso penales que se puedan generar.

Nuestra libertad termina donde comienza la libertad de los otros. Teniendo todas las personas igual dignidad y derechos, no nos está permitido abusar de nuestras acciones. 

Mario Weldt Peña

Abogado

Coordinador de Evopoli Los Ángeles.


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