domingo 18 de agosto, 2019

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Opinión

Walmar Westermeyer

Mario Ríos Santander


 Por Sebastián Carrizo

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En las sociedades y Los Ángeles es una de ella, hay personas, hombres o mujeres que son pujantes, animosos e inteligentes. Esas personas son importantes porque son capaces de recoger otras manos y otras, para empujar la vida, su desarrollo, sus alegrías y más aún, la protección de los valores que la componen. En sociedades latinas, no son personas muy comunes, más bien escasas. Surgen de vez en cuando y son arrebatadas por cuanta asociación existe en esa comunidad. Todos lo quieren tener. Es el fenómeno del líder natural, persona cuando su vida se encuentra ligada a una comunidad sin grandes pretensiones, generalmente no ha sopesado en toda su magnitud, la  importancia de sí misma. Incluso muchos de sus amigos y seguidores sociales, tampoco aquilatan en toda su magnitud tales virtudes. Por ello, me gustó lo dicho por un orador en el funeral de Walmar Westermayer hombre sin igual, “… es cierto que nuestro amigo ha fallecido, pero será como  aquellas estrellas que murieron hace miles de años y su luz, aún no se apaga, mejor aún, seguirá encendida por muchos años más”.

Walmar, empujó con fuerza, a la sociedad que le correspondió vivir. Y lo hizo con su mejor arma: la simpatía, la paz que infundía y la verdad de sus aseveraciones.

Los seres humanos, desde tiempos lejanos, comenzaron a establecer, en los primeros asentamientos, constituidos gregariamente y de preferencia junto a un cauce fluvial, las bases de lo que sería las sociedades de personas. En ello, se congregó este ser humano, racional, dotado de espiritualidad. En los siglos que siguieron, su esencia, no tuvo modificación alguna, tanto es así que en los últimos tres mil años, diversos líderes dotados de espiritualidad, aplicando la razón más profunda en sus conocimientos y formas del pensamiento, fueron capaces, pudiendo extender lo surgido de su intelectualidad, escritura, y  trasferir de esa forma la respuesta  que el ser humano se cuestiona. Por ello Jesús, el Buda, otros, que  superaron milenios en el tiempo y su doctrina permanece plena y absoluta.

Todo lo anterior, podría ser excesivo para reconocer, en la sencillez de la vida actual, a cualquier miembro de nuestra comunidad, que se presenta repleto de sencillez, ameno, sin grandes arrestos filosóficos y nada que se le asemeje. Sin embargo, es el mismo cuya esencia humana, tiene milenios. Lo admirable es otra cosa. Que siendo igual no lo fue, porque destacó y sus amigos lo lloraron. No hubo silencios en su partida, y Walmar oyó, a lo mejor impresionándose el mismo, que era diferente a muchos porque era y es, (la luz no se apaga), un hombre bueno. Entonces hubo motivos de muchos, para detener ese día personal concurriendo al Campo Santo,  con discursos, bien vestidos, uniformados otros, sencillos los más, viejos, agricultores, centinelas, colaboradores, religioso,  familia, en fin, todos, gregariamente todos, porque Walmar Westermeyer, en su enorme sencillez, no era igual a todos. O mejor dicho, era tan igual que terminó siendo distinto. Y todos lo expresaron en palabras y hechos admirables. La posta del relevo, quedó abierta, otros que serán felices demostrado su paz, deben tomar el bastón, para ser voz e imagen empujador(a), feliz y comprometido. Así lo percibió también su Patria, Chile.   


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