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Opinión

La familia, formadora de niños y jóvenes inclusivos

Marcela Améstica. Directora Área de Educación CFT Santo Tomás Los Ángeles Magíster en Mediación Familiar. Magíster en Educación mención Pedagogía en Ed. Superior.


 Por La Tribuna

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Al hablar de Inclusión, se piensa que nos referimos solo a personas que estén en alguna situación de discapacidad. En realidad, se refiere a otorgar igualdad de oportunidades y derechos a cada persona, respetando su cultura, condición social, religión, nacionalidad, situación de discapacidad, etcétera.

Se asume que la inclusión debe ser una práctica adquirida a través de la educación formal o que es un tema que debe solucionar el Estado; sin embargo, es el núcleo familiar el principal formador de valores desde los primeros años de vida. Enseñamos según parámetros establecidos y lo que nos han traspasado las familias o comunidades, a través de generaciones. Lo claro es que cada uno de nosotros tiene un sello único y es una responsabilidad social enseñar a nuestro núcleo el valorar este sello.

Observamos en Establecimientos educacionales, la gran diversidad de estudiantes en aulas. Cada uno es un mundo de historias personales que, aunque difícil de conocer en su totalidad, debemos considerar. Esa realidad explica la forma de actuar de cada uno; son estudiantes con opinión, curiosos, y quieren respuestas a sus inquietudes. Por lo mismo, es nuestro deber en educación adaptar metodologías a esta diversidad, otorgando igualdad de oportunidades según características individuales y vías de aprendizaje.

Pero volvamos a la familia. Aprendemos a través de patrones y modelos; resolvemos y actuamos de acuerdo a los ejemplos observados. Si veo que mis padres no aceptan otras opiniones o creencias, aprendo que existe una sola verdad. Hay que entender que esa diferencia permite formar una propia opinión, enriquecer la percepción del mundo y también comprender que es necesario tener identidad y aceptar la de los otros.

¿Pero qué hacer? Traspasar a los hijos desde pequeños que somos de orígenes diferentes. Algunos han sido criados por ambos padres, otros no. Algunos tienen más recursos económicos y otros menos. Es necesario verlo en forma natural, no existe un modelo estricto de familia, ni una única condición social, pero todos somos importantes. Enseñemos a querer las diferencias físicas. No hay un modelo perfecto de cuerpo. Tenemos cabellos, ojos y pieles de distinto color, diferentes contexturas, todos bellos en su esencia. Respetar rasgos físicos es valorar nuestra familia y origen. Hablemos respetuosamente, saludemos amablemente, dialoguemos con el entorno cercano, respondamos las preguntas de nuestros hijos y estudiantes, no existe pregunta no importante; todos tenemos ritmos de aprendizaje diferentes.

Cuando vea a una persona en situación de discapacidad, no utilice términos como inválidos, enfermitos, agresivos, discapacitados, retrasados; son palabras que no deben estar en nuestro vocabulario. Necesidades educativas tenemos todos, solo que algunos requieren de un apoyo extra. Si ellos ven esta actitud, aprenderán a valorar a cada persona, independiente de sus características físicas, condición social, identidad de género, orientación sexual o forma de ser, sin duda serán inclusivos y harán la diferencia.

 

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