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Opinión

Derechos humanos, democracia y terrorismo

Alejandro Mege Valdebenito.


 Por La Tribuna

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Los derechos humanos, reconocidos de manera universal buscan asegurar y resguardar la dignidad de cada ser humano por la sola condición de serlo, descansa sobre bases éticas y  morales que no pueden ser negadas ni quitadas a ninguna persona por causa alguna, que no sea por las establecidas en la ley. Los derechos humanos, reconocidos en declaraciones internacionales y presentes en la legislación de diferentes países, es motivo de permanente vigilia y preocupación para que sean respetados y es la democracia el sistema de gobierno que mejor los resguarda y defiende, permitiendo el libre ejercicio de esos derechos para que no sean conculcados por causas de raza, nacionalidad, religión, opción política o condición social.

El peor enemigo del libre ejercicio y respeto de los derechos humanos y del sistema democrático es el terrorismo, utilizado para dominar a los individuos por el miedo y el hambre. Más inhumano y antidemocrático lo es aún el terrorismo de Estado cuando se camufla de democracia y se ejerce contra su propia gente, usando el poder y el monopolio de la fuerza de manera irracional, violando sus propias leyes mediante la mentira, el secuestro, la tortura y el asesinato sin juicio y sin garantías de un debido proceso.

“Toda acción (declaró Kofi Annan, secretario general de la ONU, el 2005) cuyo objetivo sea causar la muerte o graves daños físicos a civiles o no combatientes, cuando dicha acción tenga, por su índole o contexto, el propósito de intimidar a la población u obligar a un gobierno o una organización internacional a hacer o no hacer algo, no puede justificarse por ningún motivo y constituye un acto de terrorismo”.

El gran aliado y cómplice del terrorismo es el dogmatismo ideológico que prevalece sobre los derechos humanos y desconoce la democracia; que niega y justifica la brutal realidad que vive una comunidad humana; insensible, ciego y sordo, incapaz de reconocer la numerosa evidencia que lo denuncia, que calla la voz para condenar las peores injusticias y violaciones a los derechos más fundamentales que se cometen contra las personas por el solo hecho de  compartir similar ideología. Se condena a los violadores de los derechos humanos y la democracia cuando quienes los cometen no son de los nuestros, más, aún por las mismas o peores acciones, los justificamos si compartimos su ideología.

Muchas naciones del mundo, incluida la nuestra, en diferentes tiempos, han sufrido y sufren terrorismo de Estado y son los sectores más débiles de la población los que lloran, sufren y mueren, sin entender por qué los derechos humanos y la democracia que sus gobernantes les había asegurado respetar son violentados y se preguntan cuál fue su culpa y la de sus hijos de que ello esté ocurriendo, lo que es peor cuando en el discurso de las máximas autoridades de un país que se declara democrático, se admite y se justifica la tortura y el “baño de sangre” para obtener y mantenerse en el poder.

Parece que viviéramos en sociedades regidas por dogmatismos ideológicos de manicomio, irracionales e insanos, y que urge recobrar la cordura, respetar los derechos humanos y vivir en paz la verdadera democracia.

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