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Opinión

Tenemos un Sumo Sacerdote tentado en todo como nosotros Lc 4,1-13

 + Felipe Bacarreza Rodríguez, , obispo de Santa María de los Ángeles


 Por La Tribuna

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Todo el orbe católico está unido en este Domingo I de Cuaresma en la contemplación de Jesús orando y ayunando durante cuarenta días en el desierto, siendo tentado por el diablo. No podía faltar en el Evangelio esta página, porque pertenece a la verdad y seriedad de la Encarnación del Hijo de Dios y a su condición de verdadero hombre, como cada uno de nosotros. Si hubiera faltado este episodio evangélico el autor de la Carta a los Hebreos no habría podido alentar a sus destinatarios, como lo hace, escribiendo: «No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado. Acerquémonos, por tanto, con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y encontremos gracia para una ayuda oportuna» (Heb 4,15-16).

Después de su Bautismo en el Jordán, cuando «bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma» (Lc 3,22), Jesús comenzó a ser conducido por el Espíritu Santo. Es significativo que la primera situación a que lo conduce el Espíritu, por medio de una inspiración interior, es el desierto para ser tentado por el diablo: «Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre». Es claro que Jesús es puesto por el Espíritu en la misma situación por la que pasó el pueblo de Israel durante cuarenta años, después que fue liberado por Dios de la esclavitud de Egipto. También ellos fueron sometidos a la tentación, como les recuerda Moisés en el umbral ya de la tierra prometida: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habían conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor» (Deut 8,2-3). Sabemos que el pueblo reprobó y por eso Dios juró que ninguno de los adultos salidos de Egipto entraría en la tierra prometida: «Durante cuarenta años aquella generación me repugnó y dije: “Son un pueblo de corazón extraviado, que no conoce mis caminos”. Por eso, en mi cólera juré: “No entrarán en mi descanso”» (Sal 95,10-11). Durante eso cuarenta días en el desierto, siendo también probado, con su fidelidad, Jesús ofrecerá a Dios reparación por esas infidelidades del pueblo.

La observación: «Sintió hambre» acentúa su condición humana, en todo como la nuestra, menos en el pecado. Entonces, le insinuó el diablo una posibilidad: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Ninguno de nosotros habría sufrido esa tentación, porque para ninguno de nosotros es eso posible. Pero precisamente aquí está la tentación a Jesús. Consiste en anular su condición humana y, de esta manera, ser infiel a la misión que su Padre le encomendó: reparar el pecado del hombre. Nadie podía hacer esto sino uno que es hombre; pero la reparación habría sido insuficiente, si ese mismo no hubiera sido también Dios. Jesús rechazó la tentación citando un texto de la Escritura que evoca precisamente el tiempo de cuarenta años del pueblo en el desierto, como lo hemos visto más arriba: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre».

Es cierto que nosotros nunca seremos tentados de convertir una piedra en pan, porque no tenemos esa posibilidad. Pero nuestra sociedad es tentada, y a menudo sucumbe a la tentación, de hacer algo que tiene la posibilidad de hacer, gracias a la tecnología y que era inimaginable en el tiempo de Jesús: el aborto, la fecundación in vitro, la manipulación genética, etc. Son conductas contrarias a la voluntad de Dios, que usurpan su condición de Señor de la vida: «Vean que sólo YO SOY, y que no hay otro Dios junto a mí. Yo doy la muerte y Yo doy la vida» (Deut 32,39). Jesús nos enseña a vencer esa tentación de disponer de la vida del ser humano, creado por Dios.

En la segunda tentación el diablo le ofrece a Jesús el poder y la gloria de todos los reinos de este mundo, diciéndole con mentira –él es el «padre de la mentira» (Jn 8,44)–: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero». El poder es anhelado por muchos también en nuestros días. Pero la condición que pone el diablo es esta: «Si me adoras, todo será tuyo». ¡Cuántos episodios conocemos en la historia de la humanidad y también de nuestros días en que por obtener o mantener el poder se entra en connivencia con el pecado! En esa tentación venció Jesús de nuevo valiendose de la Palabra de Dios: «Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto».

Por último, el diablo lo pone sobre el pináculo del templo y le dice, esta vez citando él la Escritura: «Si eres Hijo de Dios, tirate de aquí abajo; porque está escrito: “A sus ángeles te encomendará para que te guarden”. Y: “En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna”». Es cierto que eso está escrito en el Salmo 91,11-12; pero era un don de Dios a su pueblo para el camino del desierto y no un desafío del pueblo al poder de Dios. Los judíos constantemente estaban pidiendo un signo de Dios, una demostración de su poder, para creer, como dicen a Jesús: «¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti? ¿Qué obra realizas?» (Jn 6,30). Esto es lo que se llama «poner a Dios a prueba». Por eso Jesús rechaza la tentación permaneciendo fiel a Dios: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios».

Estas tres tentaciones abrazan toda posible tentación a la que es sometido el ser humano de parte del diablo para hacerlo perecer. Por eso, el evangelista afirma: «Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno». De este episodio de la vida de Jesús nosotros debemos aprender a rechazar la tentación y mantenernos fieles a la voluntad de Dios. Para esto es esencial, como lo vemos en Él, la oración y la penitencia, que son las obras propias de este tiempo de Cuaresma.

                                                                  

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