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Opinión

Bolsonaro, el nuevo vecino

Roger Sepúlveda Carrasco, rector de Santo Tomás Los Ángeles.


 Por La Tribuna

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 Con actitudes y declaraciones algo más que controvertidas, Bolsonaro se ganó varios enemigos, como los grupos ambientalistas, los grupos de defensa de los derechos de los gays, las comunidades indígenas o el movimiento de los sin tierras.

Hasta hace un año, Jair Messias Bolsonaro era un perfecto desconocido para la mayoría de la población brasileña, el país más grande y poderoso de América Latina, así como para gran parte de la opinión pública internacional. Era un discreto diputado que tenía aspiraciones mayores: quería ser Presidente de su país para borrar todo rastro del izquierdismo de los gobiernos del PT, el Partido de los Trabajadores.

Luis Inázio Lula da Silva, el histórico dirigente sindical metalúrgico, quien ya había sido Presidente de Brasil durante dos periodos, entre 2003 y 2011, y que aspiraba a un segundo mandato, figuraba como favorito aventajado en todas las encuestas.

Sin embargo, los casos de corrupción destapados por el juez Sergio Moro, hoy flamante Ministro de Justicia, extinguieron las opciones de Lula para volver nuevamente al poder. Hoy Lula se encuentra preso, condenado a 12 años por corrupción, acusado de recibir un departamento de lujo como moneda de pago.

En menos de 12 meses, a través de un uso intensivo de redes sociales, Jair Bolsonaro logró construir una imagen positiva de su persona proponiendo a los brasileños un giro bastante radical a la derecha, erigiéndose como el paladín de la corrupción, que era el principal problema del país según los distintos estudios demoscópicos.

Con cero debates entre los distintos candidatos, no hay que olvidar que Bolsonaro fue acuchillado en plena campaña y en posición de víctima supo aprovechar muy bien el “momentum” político.

Con actitudes y declaraciones algo más que controvertidas, Bolsonaro se ganó varios enemigos, como los grupos ambientalistas, los grupos de defensa de los derechos de los gays (se ha mostrado abiertamente homofóbico), las comunidades indígenas o el movimiento de los sin tierras. De igual forma, ha logrado apoyos incondicionales como, por ejemplo, los ricos terratenientes, conocidos en Brasil como “coroneles”.

No hay que olvidar que Bolsonaro es un ex militar, defensor de la dictadura de su país, quien pasó a retiro con rango de capitán, y que luego se reconvirtió en político. Su elección ha removido los cimientos de la política brasileña e internacional y está en línea con fenómenos similares en otras latitudes, como Trump en Los Estados Unidos, Le Pen en Francia o Vox en España.

Para Chile, Brasil es un vecino amable que tiene una política internacional no agresiva y quizás porque no compartimos fronteras tenemos una buena imagen unos de otros. En términos más simples, nos caemos bien, lo que no necesariamente ocurre con todos nuestros vecinos.

De hecho, cuando Bolsonaro fue electo, algunas figuras relevantes de la política nacional fueron a saludar al recién electo Presidente en un intento de confraternizar y que algo de su aura y buena fortuna se les pegue. Como sea, aún nos queda mucho por conocer, pero tenemos una pequeña muestra de lo que se puede esperar: la embajada de Brasil en Israel estará en Jerusalén (y no en Tel Aviv), la base militar de los EUA en Brasil esta semana fue desechada, así como que los niños se visten de azul y las niñas de rosa.

 

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