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Opinión

Educación, PSU y desigualdad (II parte)

Alejandro Mege Valdebenito.


 Por La Tribuna

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Así, no resulta de justicia que una institución escolar se destaque y se promocione de exitosa por sobre otras por el éxito académico de sus alumnos cuando éste es producto de la selección y el apoyo de mejores condiciones de infraestructura

La educación, siendo una de las áreas más importante de socialización y culturización   reconocida como un derecho humano inalienable, junto con ser una herramienta fundamental de liberación individual es, al mismo tiempo, el  medio más eficiente de orientación y propagación de las diferentes  visiones de personas o de grupos de cómo debe ser la vida familiar y  social en cada una de sus dimensiones y son esas concepciones sociales,  políticas, económicas, culturales, religiosas, valóricas, morales  de quienes las sustentan – porque las creen y están convencidos de que son las mejores para el tipo de sociedad que quieren construir- y que algunos  la conciben para determinados sectores, así como otros la quieren  para todos a través de un tipo  de educación que los identifique: inclusiva o segregada; amplia y solidaria o particular e individualista, privada para algunos o pública para todos.

En este encuentro de concepciones diferentes de educación, que usan como argumento de fondo la calidad de la educación, concepto que es interpretado de diferentes maneras y que se pretende alcanzar para algunos mediante la selección de alumnos por “méritos” para ser incorporados a establecimientos considerados emblemáticos o bicentenarios. Ahora bien, si consideramos que la primera definición de “mérito”  es una “Acción de una persona digna de premio o de castigo” dicha selección estaría premiando  a unos y castigando a quienes por sus relaciones y condición social, económica, de ambiente familiar y capital cultural, barrio en el que nacieron, colegio en el que estudiaron, acceso a medios de información y comunicación, conductas, hábitos y valores adquiridos, factores entre otros que son determinantes para construir méritos, méritos que no se obtienen por generación espontánea pero que se pueden adquirir cuando las condiciones en que se vive y se educa lo facilitan por cuanto no son suficientes las solas condiciones naturales, el talento y el esfuerzo, la dedicación y el sacrificio personal si no se cuenta en su entorno con todo un andamiaje que lo motive y lo respalde. Más aún cuando los postulantes a un determinado establecimiento deben compartir el proyecto educativo que sustenta que resulta ser la propuesta de  personas o del ente sostenedor más que de una visión compartida de sociedad y de vida que sea más inclusiva que excluyente y que los padres, para que sus hijos sean aceptados, deben aceptar aunque no la crean. El solo hecho de incorporar en el proceso de selección una entrevista con los padres constituye también, aunque la verdadera intención no se declare, una selección de la familia.

Así, no resulta de justicia que una institución escolar se destaque y se promocione de exitosa por sobre otras por el éxito académico de sus alumnos cuando éste es producto de la selección y el apoyo de mejores condiciones de infraestructura, equipamiento y una mayor atención y preocupación por la docencia, que debiera ser la norma para todo el sistema educativo.

La única forma de disminuir las brechas sociales es a través de una educación que no reproduzca ni profundice las diferencias y entregue a todos iguales posibilidades educativas y en similares condiciones.

 

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