suscríbete al boletín diario

Opinión

Observador de actitudes

Alejandro Mege Valdebenito.


 Por La Tribuna

18-12-2018_21-13-461__alejandromege.jpg

Las actitudes, que difieren de las conductas pero que las pueden gatillar son, junto a los valores,  más difíciles de evaluar objetivamente si el “observador” no está debidamente entrenado o capacitado para hacerlo.

Es habitual encontrar en el espacio público y privado personas que usan chalecos de  diferentes colores con el logo que identifica a la institución o empresa que representan y es posible deducir, mejor si la llevan estampada, la tarea o la función que cumplen. Más, no resulta tan habitual –por lo menos no lo había visto antes- el logo que adornaba en su espalda el chaleco del motociclista que, hace algunos días, avanzando lentamente delante mío en medio de una habitual congestión de tránsito, me permitió observarlo con más atención, tratando de interpretar su significado y alcance. El logo decía: “observador de actitudes” y pensé que en lugar de “actitudes” debería decir “conductas”, que resulta más común y fáciles de identificar y cuantificar. Las actitudes tienen que ver más con la afectividad de las personas que con lo intelectual o cognitivo por lo que son más difíciles de  evaluar por difusas y prestarse para interpretaciones diferentes.

Las actitudes, que difieren de las  conductas pero que las pueden gatillar son, junto a los valores,  más difíciles de evaluar objetivamente si el “observador” no está debidamente entrenado o capacitado para hacerlo, menos si sus observaciones se encuentran contaminadas por prejuicios o criterios preconcebidos, como suele ocurrir. Dos observadores pueden evaluar de distinta manera la actitud de una persona según sea su propia escala de valores y el tipo de relación, distante o cercana, que tengan con el observado siendo, no pocas veces, más bien una cuestión de percepción o de “piel”, a la que debe estar ajeno un “observador de actitudes” cuando se trata de evaluar o decidir sobre una persona.

Las conductas son formas de comportamiento más expresivas que las actitudes y son externalidades que conforman el carácter de un individuo y que permiten saber a qué atenerse con respecto a ellas, a diferencia de las actitudes que son predisposiciones del sentir interno del individuo, de cómo ve su  vida en su relación con los demás y cuyas manifestaciones, muchas veces, sorprenden o desconciertan y que pueden tener un impacto positivo o negativo en las acciones y relaciones interpersonales o institucionales.

Si bien se considera que es en la profesión docente donde se encuentran los mayores observadores de las actitudes de las personas: los alumnos, dichas observaciones actitudinales  casi nunca se reflejan en los resultados escolares ni quedan siempre registradas en los antecedentes estudiantiles, lo que resulta ser uno de los aspectos más importantes y, también, el más descuidado del proceso educativo ya que las actitudes marcan la personalidad, presente y futura de los individuos, indiferente a  su condición social,  nivel de estudios,  posición laboral, desempeño  profesional o la importancia del cargo que se desempeñe y que, aunque no se porte ninguna etiqueta visible, la actitud, nítida o nublada, autentica o maquillada, reflejará lo que se es y no la imagen que se quiere proyectar.

Nuestra sociedad requiere que no sólo seamos justos observadores de las actitudes ajenas, sino también honestos observadores de las nuestras y del efecto que tienen.

Especial Coronavirus

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes