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Opinión

Lo que sacrificamos por los autos

Sebastián Astroza. Instituto de Sistemas Complejos de Ingeniería (ISCI)


 Por La Tribuna

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 No cabe más que preguntarse: ¿Por qué seguimos favoreciendo al auto? ¿Es acaso costumbre? ¿Es quizás resultado de esa creencia popular de que lo mínimo para ser exitoso es tener una casa y un auto? ¿Es la “comodidad” de estar en un taco un precio que estamos dispuestos a pagar? ¿Sigue siendo una autopista urbana sinónimo de progreso?

Week-end es una de las tantas películas que Jean-Luc Godard filmó en los 60’, en la cual dos (anti) héroes deben atravesar diversos obstáculos. El más grande de ellos es un monumental atasco de tráfico inspirado en La Autopista del Sur, de Julio Cortázar. En la película, esto es filmado en una única toma de ocho minutos que termina enfocando una tragedia: en mitad de la carretera tres cadáveres de una familia a la que nadie pareciera prestar atención.

Cuando estamos atrapados en un taco pensamos que las calles se han quedado pequeñas para tanto auto. De alguna forma nos olvidamos que el automóvil es el modo de transporte menos eficiente en términos de espacio. Aunque suene exagerado, la realidad es que cada automovilista utiliza entre 10 y 20 veces más espacio que un usuario del transporte público. No sólo eso, la evidencia internacional demuestra que agrandar las calles para solucionar el taco sigue la misma lógica que comprarse pantalones más grandes cuando se está subiendo de peso. Inversiones estratosféricas en infraestructura vial para el transporte privado, tratando de aliviar el tráfico, se han traducido en nada (y muchas veces hasta en tiempos de viajes aún mayores) luego de un par de años, tanto en América, como en Asia y Europa.

La evidencia muestra también que usar el transporte público contamina mucho menos que andar en auto. Esta inferioridad del automóvil se acentúa al extremo si consideramos otros medios de transporte como la caminata y la bicicleta (sin siquiera considerar los efectos positivos en la salud de las personas que generan estos medios de transporte). Esto último tendrá cada día más relevancia, debido a la funesta dinámica en que voluntariamente hemos acercado la fecha de caducidad de nuestro planeta.

Si bien el automóvil está lejos de ser, bajo cualquier métrica, la solución, basta salir a la calle para darse cuenta que una ciudad como Santiago está hecha para el auto. No es casualidad de que el parque automotriz se haya septuplicado en los últimos 15 años. Más aún, en las políticas de transporte de los últimos gobiernos, la inversión en infraestructura vial para automóviles siempre ha sido mayor que la de transporte público (incluyendo Metro).

No cabe más que preguntarse: ¿Por qué seguimos favoreciendo al auto? ¿Es acaso costumbre? ¿Es quizás resultado de esa creencia popular de que lo mínimo para ser exitoso es tener una casa y un auto? ¿Es la “comodidad” de estar en un taco un precio que estamos dispuestos a pagar? ¿Sigue siendo una autopista urbana sinónimo de progreso?

Tal cual como lo ilustró Godard hace 50 años, pareciera que somos capaces de sacrificar todo por los autos, incluso a nosotros mismos.

 

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