martes 10 de diciembre, 2019

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Opinión

Nuestra deuda con la infancia en Chile

Alejandra Fuenzalida Stolzenbach, directora ejecutiva de United Way Chile.


 Por LESLIA JORQUERA

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Con el paso de los años, agosto se ha transformado en el mes donde celebramos a la infancia en Chile. Utilicemos este momento para reflexionar sobre cuánto estamos trabajando por la protección de sus derechos.

Un país que no se preocupa por el futuro de las nuevas generaciones tiene escasas posibilidades de alcanzar un desarrollo en armonía. La ratificación de la Convención de los Derechos del Niño, realizada hace 28 años por Chile y que acabamos de conmemorar el pasado 14 de agosto, nos llama precisamente a focalizar nuestros esfuerzos como nación hacia la protección y cuidado de las condiciones de miles de niños y niñas, quienes serán los encargados de conducir los destinos de nuestra nación en las próximas décadas.

Si revisamos la Declaración Universal de los Derechos del Niño, enunciada en la Declaración de Ginebra de 1924 y posteriormente adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1959, existe una serie de aspectos de la vida de la infancia que debe ser resguardada por los estados miembros. Asegurar el acceso a la educación, a la salud y a vivir en entornos familiares y comunales seguros y protegidos, tener un nombre y una nacionalidad, hacer uso de la libertad de expresión, de pensamiento, conciencia y religión, entre otros ámbitos, son claves para que, como sociedad, trabajemos de forma coordinada y consciente en crear mejores condiciones de vida para la nueva ciudadanía de Chile y del mundo.

De acuerdo a datos entregados por Unicef en 2017, en nuestro país uno de cada cuatro niños vive en la pobreza. Con esta cifra sobre la mesa, pensar en la infancia implica situarla en el tope de nuestras prioridades, en especial en una sociedad en donde aún persisten marcados niveles de desigualdad económica y de acceso en múltiples áreas. Es clave que, en una labor articulada entre el Estado, el mundo privado y la sociedad civil, sigamos destinando recursos y elaborando programas que permitan equiparar una cancha que, para muchos, es desigual e inequitativa incluso desde antes de nacer.

Según un estudio entregado por la OCDE, una familia en situación de pobreza en Chile tarda seis generaciones en lograr ascender en la escala social y mejorar sus condiciones de vida. Esto se traduce en 180 años. Tenemos un gran desafío por delante y no podemos seguir esperando cerca de dos siglos para alcanzar el bienestar de la infancia y de sus familias, en especial si buscamos construir una mejor sociedad, con igualdad de acceso y oportunidades.

Con el paso de los años, agosto se ha transformado en el mes donde celebramos a la infancia en Chile. Utilicemos este momento para reflexionar sobre cuánto estamos trabajando por la protección de sus derechos, junto con asegurar su bienestar y felicidad. Evitemos perder de nuestro foco como país la importancia de crear condiciones de vida que les permitan desplegar su creatividad, talento e inocencia para seguir llenando nuestro Chile y el mundo de sueños, risas y colores. Les debemos tanto.

  

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