sábado 19 de octubre, 2019

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Opinión

Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí Jn 6,41-51

 + Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por LESLIA JORQUERA

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Después de exhortar a los judíos a obrar por «el alimento que permanece para la vida eterna» y asegurar que este alimento lo da Él mismo, «porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo», Jesús concluye con una sentencia asombrosa: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6,35). Aquí habíamos dejado el discurso del Pan de vida, cuya lectura continuamos en este Domingo XIX del tiempo ordinario.

Explicando esa sentencia, Jesús agrega: «He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado…, la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna; y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,38.39.40). El Evangelio de hoy comienza con la reacción de los judíos que estaban en esa sinagoga de Cafarnaúm ante estas palabras de Jesús: «Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”». Han entendido bien y citan sus palabras con precisión. ¡Eso es lo que Jesús dijo! Pero se trata de una «murmuración», es decir, de un comentario solapado de rechazo, que ellos expresan así: «¿No es este Jesús, el hijo de José, de quien nosotros conocemos el padre y la madre? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo”?». Dejan de lado la identificación de Jesús con el pan –«Yo soy el pan…»–, tal vez por considerarla descabellada, y se concentran en su origen. «Conocemos su padre y su madre» es una afirmación de su origen terreno. Están muy lejos de entender el misterio de la encarnación; no lo sospechó siquiera algún profeta antes de ser revelado por Cristo mismo. Y, aun así, la fe en que el Hijo de Dios, que es Dios verdadero, se hizo verdadero hombre, «nacido de mujer» (cf. Gal 4,4), requiere de la acción del Espíritu Santo en el corazón del creyente: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, Él los llevará a la verdad completa» (Jn 16,13).

La murmuración es la actitud que caracterizaba a los judíos a quienes Dios había liberado de la esclavitud de Egipto durante su camino por el desierto: murmuraban contra Dios y contra Moisés. Como lo hizo Moisés en su momento, Jesús los invita a deponer esa actitud y abrirse a la acción de Dios, que consiste en aceptarlo a Él mismo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae». Antes había dicho lo mismo, en otros términos: «La obra de Dios es que ustedes crean en quien Él ha enviado» (Jn 6,29).

Al hablar de «mi Padre», Jesús aclara que está hablando de Dios, ante los judíos que acaban de decir que ellos conocen a su padre, refiriéndose a José. Lo hace indicando una imposibilidad para el ser humano: «No es que alguien haya visto al Padre, excepto aquel que ha venido de Dios; ése ha visto al Padre». Es lo mismo que afirma Juan en el Prólogo de su Evangelio: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha revelado» (Jn 1,18).

Después de aclarar que Él ha visto a Dios –única excepción–, porque viene de Dios, Jesús reafirma su sentencia anterior: «Yo soy el pan de la vida». Y expresa la diferencia de este pan respecto del maná en términos de la vida que alimentan uno y otro: «Los padres de ustedes comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera». Entre el pan que es Jesús y el maná hay la misma diferencia que entre la vida eterna y la vida mortal. Lo repite aun: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre». Se trata de un pan que tiene vida en sí –pan vivo– y que comunica a quien lo come esta vida, una vida que no tiene fin.

¿Está Jesús usando una metáfora cuando dice: «Yo soy el pan vivo»? ¡Absolutamente, no! Sus palabras hay que tomarlas en sentido estrictamente literal, sobre todo, considerando su continua repetición, incluso ante el rechazo de los que estaban en esa sinagoga de Cafarnaúm. Y, para que a nadie quede duda de lo que afirma, declara, como punto culminante de esta parte del discurso: «El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Tal vez para nosotros pase inadvertido un detalle del lenguaje usado por Jesús que para sus oyentes judíos debió ser claro. Los judíos habían sido criados en la mentalidad de que el culto a Dios consistía en el ofrecimiento de sacrificios. Se inmolaba un animal sobre el altar, que representa la aceptación por parte de Dios, y luego, la carne de ese animal, asada, se comía. Ese sacrificio se ofrecía a Dios «por» algo. Al decir Jesús que Él dará su carne «por la vida del mundo», está diciendo que Él la dará ofrecida «en sacrificio» por la vida del mundo, a saber, la vida eterna que Dios dona al mundo. Eso es lo que comunica al que la come la carne inmolada de Jesús.

Esa carne inmolada de Jesús, pero ahora resucitada y viva, tal como está Él en el cielo a la derecha del Padre, es la que se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. El desinterés de los católicos respecto de este alimento que Jesús nos da, que se observa por su escasa participación en la Eucaristía dominical, demuestra que no se dejan atraer por Dios, pues, según explica Jesús: «Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae… Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí».

                                                                      

  

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