sábado 07 de diciembre, 2019

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Opinión

Paz en La Araucanía: la necesidad de un nuevo enfoque

Javier Bronfman, escuela de Gobierno Universidad Adolfo Ibáñez.


 Por LESLIA JORQUERA

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Es de esperar que mediante un mejor entendimiento del mundo mapuche y sus necesidades, así como el reconocimiento de que las diferencias más nos enriquecen que dividen, se logre la tan anhelada paz en La Araucanía.

El conflicto entre el pueblo mapuche y la sociedad no mapuche data desde la conquista. Además de ser de larga data, este es un problema persistente que, durante los últimos años, ha formado parte importante de la discusión pública. Es evidente que existen grandes diferencias culturales entre ambos grupos, de las cuales no se tiene total comprensión. Está ignorancia es precisamente la precursora del temor y generadora de procesos discriminadores que no permiten la paz con este pueblo originario.

Hasta hoy la relación entre el pueblo mapuche y el Estado se ha caracterizado por ser antagonista y en base a políticas transaccionales; la integración ha sido llevada a cabo de manera asimétrica, donde la cultura mapuche es vista como subalterna a la cultura occidental chilena. El proceso de integración del pueblo mapuche al Estado chileno ha sido en mayor medida uno de subyugación que uno de reconocimiento. Esta fórmula claramente ha fracasado y ha resultado en que el conflicto en La Araucanía se haya intensificado en los últimos años.

Dentro de los principales ejes de desarrollo de la administración del Presidente Piñera está abordar el tema mapuche y lograr la paz en La Araucanía. Estos esfuerzos, encabezados por el ministro Alfredo Moreno, ya están avanzando. Es de esperar que mediante un mejor entendimiento del mundo mapuche y sus necesidades, así como el reconocimiento de que las diferencias más nos enriquecen que dividen, se logre la tan anhelada paz en La Araucanía.

Para lograr este objetivo es importante pensar en una nueva receta, un nuevo contrato social, uno de integración y respeto, de tolerancia y amistad. Donde se promuevan actividades no sólo como retorno económico sino que también con retornos sociales, muchas veces difíciles de cuantificar.

La política pública y la relación con los pueblos originarios deben alejarse de una lógica transaccional y moverse hacia una de integración y promoción de la diversidad. Un rescate de las tradiciones y mantención de la cultura a través de proyectos que integren la sabiduría de los pueblos ancestrales con el mundo moderno.

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