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Opinión

Una invitación a comer juntos

He visto paulatinamente en familias con hijos preadolescentes o adolescentes que la práctica habitual de almorzar o cenar juntos se va perdiendo con el tiempo.


 Por La Tribuna

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Con el #EatTogether (“comamos juntos”), la empresa canadiense President’s Choice inició una campaña en enero de 2017 que incentiva la idea de comer acompañados, y que celebró el día #EatTogether el recién pasado 22 de junio, en que más de 13 mil personas se unieron al evento. La campaña respondió a los resultados de un estudio que indicó que en el año 2016 solo el 38% de los canadienses comía junto a otra persona, entre 4 a 6 veces por semana. La campaña publicitaria tiene un mensaje muy simple: “Cuando comemos juntos, suceden cosas buenas. Compartimos un poco de nuestras vidas. Hablamos, nos reímos y compartimos los alimentos que amamos. Nos acercamos un poco más”. Pero en su simpleza, al poco rato de analizarlo, emerge la complejidad: llevarlo a cabo considerando la escasez de tiempo, las extenuantes jornadas de trabajo, la incompatibilidad de horarios, que hacen cuestionar la facilidad de lograr esta propuesta.

Sumado a las dificultades horarias indicadas, he visto paulatinamente en familias con hijos preadolescentes o adolescentes que la práctica habitual de almorzar o cenar juntos se va perdiendo con el tiempo. Más aún si se trata de familias con adolescentes tardíos o jóvenes adultos. Si bien esto es esperable que ocurra considerando las tareas evolutivas para ese grupo, que son precisamente la individuación o diferenciación con la familia de origen, las familias se ven expuestas a fuerzas que justamente intentan flexibilizar dinámicas o patrones que en ocasiones pueden haber estado impuestos de manera rígida.

Pero también ocurre que, ante las presiones internas a la familia (flexibilizar reglas) como aquellas presiones externas (horarios de trabajo, traslados al hogar, etc.), las rutinas de alimentación llegan a flexibilizarse a tal modo que, al cabo de un tiempo, cada uno de los integrantes de la familia esté comiendo solo en su pieza con una bandeja, mirando la televisión o el celular. Y esto se transforma en un riesgo tanto para la cohesión del sistema familiar, como para la salud mental de sus miembros. No se trata necesariamente de que todos los integrantes almuercen y cenen juntos todos días; se trata de ser conscientes con quien está almorzando o comiendo cada uno de los integrantes de mi familia cada día.

En la vereda contraria, se sabe que las familias emocionalmente exitosas, son aquellas que realizan reuniones familiares formales e informales, donde justamente los encuentros en torno a la mesa suelen ser los más identificados; espacios donde padres e hijos pueden ser alentados a compartir sus pensamientos y opiniones. Este tipo de prácticas genera como mínimo un mayor sentido de pertenencia e identidad familiar, aumenta la comunicación interna y el valor por la fraternidad, por lo que la invitación a retomar el almuerzo, la once o la cena resulta indispensable si vivimos en familia.

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