sábado 24 de agosto, 2019

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Educar para un buen vivir

Andrés Bianchetti Saavedra, antropólogo y académico de Terapia Ocupacional Universidad San Sebastián.


 Por LESLIA JORQUERA

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Hay momentos en la historia en que las preguntas son más valiosas que las respuestas. Nos sumergen muchas veces en procesos que guían hacia un resultado beneficioso y permiten que podamos redireccionar acciones para alcanzar metas que tengan un real sentido, sea personal o colectivo.

Nuestra sociedad hoy exige muchas soluciones, sin embargo, no siempre ha formulado con anterioridad las preguntas que puedan dar origen a un proceso que culmine con aquellas que sean el resultado de la reflexión, los acuerdos y el consenso. En esta línea, desde hace varios años diversos sectores sociales exigen mejorar la calidad de la educación, un requerimiento que no necesariamente surge en todos los casos desde la capacidad de generar interrogantes que gatillen los imprescindibles procesos reflexivos.

En un escenario de movilización social que demanda cambios culturales, de cuestionamientos hacia las autoridades de los distintos poderes del Estado en cuanto a su eficiencia y de visualizar en nuevas leyes la solución a los problemas sociales urgentes, surge la inquietud de preguntarse acerca del modo en que la educación puede contribuir a la convivencia social y si es este fin parte de los que deben considerarse resultado de una educación de calidad.

¿Serían necesarias tantas nuevas leyes que regulen las relaciones cotidianas entre los ciudadanos y ciudadanas si la educación chilena fuera realmente “de calidad”? ¿Necesitaríamos normas legales para evitar el maltrato animal si se enseñara con eficacia el respeto de ellos? ¿Debería un movimiento estudiantil exigir respeto en las relaciones de género si se aprendiera el valor de la equidad entre hombres y mujeres desde la infancia? ¿Hablaríamos de promulgar leyes contra la discriminación en un escenario donde exista real tolerancia frente a la diversidad cultural?

Una educación de calidad es aquella que permite, entre otras cosas, una sana convivencia entre los integrantes de la sociedad donde ejerce su acción. Una sociedad tolerante, inclusiva, respetuosa del otro, solidaria y protectora del medio ambiente es también el resultado de una educación de calidad.

Aquella sociedad que no necesita prohibir usar bolsas plásticas para cuidar el entorno natural, porque desde antes sabe y siente que no es bueno ni deseable usarlas, también lo es. La educación de calidad debe ser el reflejo de la sociedad en la que queremos vivir. Una educación basada en una sólida formación ética desde los primeros años de vida que permita acercarnos al máximo deseable de nuestras expectativas sociales y no al mínimo que pueda imponer una ley. Es, por tanto, aquella educación que permite crear relaciones sociales armoniosas y ciudadanos que entienden la sana convivencia social como un ejercicio diario, donde el centro de toda acción es tanto el ser humano como la relaciones que establece con los otros y con el entorno natural en el que vive.

Andrés Bianchetti Saavedra

Antropólogo y académico de Terapia Ocupacional

Universidad San Sebastián

 


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