lunes 18 de noviembre, 2019

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Opinión

El llamado a ser entrenadores de emociones

Si un padre o un profesor no logra identificar lo que le pasa, actúa de forma impulsiva sin considerar las consecuencias de sus actos, o bien, de forma desmedida ante situaciones estresantes


 Por Cristian Delgadillo Rosales

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De acuerdo a la Unesco (1994) la sociedad de la información demanda cuatro aprendizajes fundamentales en el transcurso de la vida: “Aprender a conocer, es decir, adquirir los instrumentos de la comprensión; aprender a hacer, para poder influir sobre el propio entorno; aprender a vivir juntos, para participar y cooperar con los demás en todas las actividades humanas; y por último, aprender a ser… el cual comienza por el conocimiento de sí mismo y se abre después a las relaciones con los demás”.

Esta concepción busca trascender la visión puramente instrumental de la educación, percibida como la vía obligada para obtener determinados resultados (experiencia práctica, adquisición de capacidades diversas, fines de carácter económico), para considerar la realización de la persona en su integralidad. Con estos cuatro pilares, entonces, se evidencia que la importancia ya no es sólo la adquisición de habilidades intelectuales, sino que se le otorga relevancia al mundo emocional de los niños, niñas y jóvenes en formación.

En 1995, Daniel Goleman popularizó el término “inteligencia emocional” para referirse a la “capacidad para dirigirnos con efectividad a los demás y a nosotros mismos, de conectar con nuestras emociones, de gestionarlas, de auto-motivarnos, de frenar los impulsos, de vencer las frustraciones…”. Esta habilidad, relacionada a lo que la Unesco denomina el “saber ser” y “saber convivir”, corresponde a conocimientos que se aprenden y que, por tanto, requieren de contextos en la familia y en la escuela, aptos para su desarrollo.

Los investigadores John y Julie Gottman (2000), han encontrado a través de sus estudios que, más que el coeficiente intelectual, la conciencia emocional de los niños y la habilidad para manejar sus sentimientos determinará su éxito y felicidad a lo largo de su vida.

El primer requisito para esto es que se cuente con adultos emocionalmente preparados, pues los niños aprenden más de lo que ven de sus modelos que de lo que ellos escuchan, por tanto, es fundamental que los padres y los profesores sean conscientes de sus propias emociones. Los adultos deben brindar a los niños constantes experiencias emocionales correctivas que le permitan conocer un modo de gestionar sus propias emociones.

Si un padre o un profesor no logra identificar lo que le pasa, actúa de forma impulsiva sin considerar las consecuencias de sus actos, o bien, de forma desmedida ante situaciones estresantes, no puede educar en las emociones, pues nadie puede dar lo que no tiene. La primera tarea, entonces, está en mirarse y advertir cuáles son las competencias personales que tenemos los adultos y buscar ayuda de ser necesario.

Para Gottman, la clave está en convertirse en el entrenador de emociones de los hijos, y para ello establece cinco pasos: 1) Sea consciente de las emociones, sintonice sus sentimientos con los de su hijo 2) Conéctese con sus hijos, use momentos emocionales como oportunidades para conectarse 3) Escuche a su hijo, respete sus sentimientos dedicándole tiempo para escucharlo con atención 4) Nombre las emociones, ayude a su niño a desarrollar un vocabulario de emociones 5) Explore con su hijo soluciones a los problemas.

Otro aspecto clave de este entrenamiento es considerar que no existen emociones positivas o negativas, solo expresiones emocionales ajustadas o no al contexto. Por ejemplo, el miedo no es negativo, si consideramos que es nuestro sistema de alarma innato para arrancar ante situaciones de peligro. La pena, por su parte, resulta esencial para asumir las pérdidas y la ira ha permitido que muchos próceres luchen por ideales y la justicia social.

En conclusión, los padres necesitan conocer y validar sus propias emociones y enseñar a sus hijos a manejar sus sentimientos en forma constructiva, para que así puedan ellos aprender a controlar su comportamiento. Los estudios indican que esto tendrá como efectos, un mejor desempeño académico, aceptación de los pares, menos problemas de comportamiento, menos enfermedades infecciosas, estabilidad emocional, mayor concentración y confianza en sí mismos.

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