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Opinión

Fracaso de “los gobiernos progresistas”

¿De qué manera llamar sus resultados sino como una bancarrota política, económica y moral?


 Por La Tribuna

21-05-2018_19-08-111__arriagada

Una contribución fundamental a una mejor política es que las fuerzas, de cualquier color que sean, asuman la responsabilidad por sus fracasos, errores y desde luego por los crímenes que abiertamente o con su silencio avalaron. No hacerlo es un camino de destrucción. Fueron los crímenes de Stalin y las invasiones soviéticas a países como Hungría, Checoeslovaquia o Polonia, las que hicieron estallar en pedazos al movimiento comunista. En América Latina, fue la “complicidad pasiva” de los conservadores ante la brutal represión desatada por las dictaduras de derecha, la que los marginó del poder en décadas que siguieron al inicio de las transiciones a la democracia. 

Hoy, en América Latina, es el turno de la izquierda que se comprometió con la llamada ola de “los gobiernos progresistas”. ¿De qué manera llamar sus resultados sino como una bancarrota política, económica y moral? En el último mes las balas de la policía y de los paramilitares que obedecen a Daniel Ortega, suman a lo menos 50 muertos, la mayoría estudiantes. En Venezuela, el “chavismo” y su “socialismo del Siglo XXI”, consuman la más brutal destrucción de la economía que registre América Latina y se aprontan a un fraude electoral que merece repudio mundial. Rafael Correa, en Ecuador, deja un país en crisis económica marcada por una acentuada corrupción.  Lula,  preso en el marco una crisis política y moral que arrasa con el prometido sueño de hacer de Brasil una gran potencia mundial.  ¿Será necesario hablar de Cristina? Y todo ello en medio del respaldo a la Cuba de los Castro que se apresta a completar sesenta años de dictadura.

Se puede decir que ni Ortega, ni Correa, ni Chávez, ni Lula iniciaron la corrupción en sus países. Es cierto; pero con dos objeciones no menores. Los niveles alcanzados por ella en Nicaragua, Venezuela o Brasil no tienen precedentes en su monto y desparpajo. Pero aún más importante, “los gobiernos progresistas” invocaron la lucha contra esos males como parte esencial de su existencia y, por tanto, pesa sobre ellos una culpa mayor. El saqueo de PetroBras y PDVSA, los dos gigantes petroleros de América Latina, es una afrenta. La corrupción de Daniel Ortega nos recuerda la de Anastasio Somoza.

No es sólo la corrupción. Las constituciones creadas en el nombre de una democracia participativa o ciudadana -en contraposición a la democracia representativa- terminaron siendo los instrumentos para una extrema concentración del poder; sirvieron a la captura por el Ejecutivo de los poderes judicial, electoral y de las contralorías, destruyendo todo balance de poder. Donde se pudo -sí en Cuba, Venezuela o Bolivia, pero no en Ecuador- los ejércitos fueron transformados en cuerpos ideologizados al servicio del caudillo y el partido dominante. En lo internacional, hoy figuran en el vertedero de la historia las iniciativas que alguna vez fueron planteadas como grandes proyectos de unidad latinoamericana. En estos días está muriendo Unasur; pero ¿se acuerda Ud. del Gasoducto del Sur, del Banco del Sur que iba a ser el FMI latinoamericano o de PetroCaribe o de la moneda latinoamericana que iba a reemplazar (el Sucre) al dólar en la región?

Puesto que estamos en Chile ¿qué sentido tiene discutir sobre realidades que no son las nuestras? Mucho. Se abre una inmensa brecha de credibilidad si se plantea en Chile un programa de defensa de la democracia y los derechos humanos y, a la vez, se avala su atropello en Cuba o Nicaragua. ¿Qué queda de su patrimonio moral si la izquierda observa en silencio a un líder corrupto que organiza un fraude electoral en el momento que la economía de su país se encamina a una inflación anual de 12.000 por ciento? En un mundo donde la precariedad acecha a los sectores populares y los hace vivir bajo el continuo temor de perder lo avanzado y volver a la pobreza ¿qué atractivo tienen unos partidos incapaces de manejar la economía y aumentar la producción?

Hoy vivimos -en Chile y América Latina- una crisis de la izquierda y el centro político. Ella es en parte fundamental, el resultado, en la izquierda, de su apoyo a los “gobiernos progresistas”; y, en el centro, de avalar, con su alianza o su silencio, acciones políticas que negaban los valores que decía defender.

Es cierto que condenar estas realidades no basta; pero sin que previamente ocurra una explicación y rechazo, no habrá un inicio de recuperación.

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