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Opinión

La guerra de las palabras

Se hace patente una marcada incertidumbre respecto a la impredecibilidad en la reacción de un sinnúmero de actores dispuestos a cargar sus fusiles por razones políticas.


 Por La Tribuna

13-05-2018_20-47-361__ignaciomorales

¿Cuál es efectivamente el instante en que la retórica amenazante se materializa en la tragedia de una guerra? ¿En qué momento se acaban las palabras y comienzan los disparos? No hace muchas décadas atrás, cuando se experimentaban aun los efectos de la Guerra Fría, la multiplicidad de movimientos militares en Asia, Oriente Medio, África, Europa Oriental y Latinoamérica, parecían demostrar que más allá de las palabras, los grandes poderes se disputaban el control estratégico del planeta a partir de conflictos hemisféricos o regionales. Éstos, en medio de sus particularidades, representaban un cuadro de bipolaridad ideológico-militar bastante bien definido.

Hoy, los efectos de retóricas agresivas en materia internacional son mucho más difíciles de evaluar. Una cantidad importante de países relevantes para el concierto global no pretenden desencadenar guerras incombustibles, pero si quieren su épica; no quieren trincheras, pero si cobertura. El hecho es que, en una era de instantaneidad informativa, hemos sido testigos que el poder y la legitimidad de los liderazgos políticos en materia internacional se juegan, muchas veces, a partir del amenazante poder de las palabras. Pero de acá se sigue problema: se hace patente una marcada incertidumbre respecto a la impredecibilidad en la reacción de un sinnúmero de actores (estatales y no estatales) dispuestos a cargar sus fusiles por razones políticas, económicas, estratégicas e incluso, por el sólo hecho de fortalecer su prestigio regional y/o global.

Sin duda, estamos frente a un problema interesante: la consolidación de un escenario global multilateral que ha superado sistemáticamente la lógica bipolar que lo antecedió. Esto significa que los grandes poderes deben aprender a asumir que los más pequeños también pueden imponer ciertas condiciones. Por el momento, las palabras cruzadas y los discursos agresivos son signo de los tiempos y no sería imprudente preguntarse qué pasará cuando alguno, grande o pequeño, se aburra de escuchar tantos ladridos.    

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