Opinión

Nuevas tecnologías y relaciones de pareja

Luis González Bravo, psicólogo clínico y académico Universidad San Sebastián.

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 Las videollamadas, el uso de multimedia, los “emoticones” pueden complementar los mensajes digitales para mimetizarse con una conversación tradicional.

Hoy se considera normal y necesario para las actividades cotidianas disponer de recursos tecnológicos. Esto determina que usualmente los miembros de una pareja posean uno o dos celulares o tablet cada uno –además un laptop-, y que accedan regularmente a redes sociales como Twitter o Facebook, o utilicen aplicaciones como Whatsapp o similares.

En Estados Unidos en 2010, la Academia Americana de Abogados Matrimoniales informaba que uno de cada cinco divorcios involucraba a Facebook, lo que inevitablemente nos lleva a pensar ¿en qué medida dichas prácticas han afectado la vida conyugal y el sentido de intimidad de la pareja? o ¿Cuánto ha disminuido la satisfacción marital desde la aparición de dichas herramientas tecnológicas? Éstas son preguntas que vienen interesando a la Psicología desde hace al menos 15 años, y que han ido paulatinamente encontrando respuesta desde la investigación.

A menudo las nuevas tecnologías en la familia son contradictorias, ya que permiten la interacción con los miembros de la familia, pero sin la interacción cara a cara.  Por ejemplo, un mensaje puede ser muy útil a la hora de coordinarse con los hijos adolescentes en una salida nocturna, pero no sustituye una parentalidad de cuerpo presente en términos de modelaje y comunicación.

En lo que concierne a la intimidad –en un sentido amplio y no sólo sexual- ésta se expone a través de pérdidas de límites que pueden ocurrir en el supuesto espacio seguro de lo virtual, a veces escondidos detrás del anonimato. Confesar aspectos privados a terceros, por ejemplo a través de Facebook o un chat, constituye un factor de riesgo.

A menudo las personas interactúan virtualmente de formas poco convencionales: confrontando a la pareja, vigilando, contactando a exparejas o personas desconocidas, siendo espontáneo sin calcular los efectos de la propia conducta. Otros aspectos problemáticos que deben enfrentar las parejas incluyen, entre otros, cómo y en qué circunstancias se contesta el teléfono celular, el teletrabajo, el consumo de pornografía, las conductas violentas en interacciones en línea, los videojuegos, la búsqueda de aprobación (por ejemplo, “Me gusta) en las redes, etcétera.

En otro plano, una pregunta importante es en qué medida una interacción en línea puede emular una interacción real en términos comunicacionales. Las videollamadas, el uso de multimedia, los “emoticones” pueden complementar los mensajes digitales para mimetizarse con una conversación tradicional. Esto puede ayudar a parejas que se encuentran distanciadas por razones laborales o de otro tipo, aunque siempre se debe reconocer que dichos códigos no literales son limitados para expresar una posición personal.

Tal como se puede observar, dada la complejidad, limitaciones y contradicciones que presentan las TIC al interior de la pareja, se debe estar muy atento a los peligros que involucra su uso excesivo, y no pretender a priori que pueden sustituir plenamente la interacción cara a cara. Hoy sabemos que la tecnología en sí misma pareciera no ser peligrosa, sino que interactúa con características propias de los usuarios, a veces amplificando ciertos rasgos personales y por lo tanto conductas saludables como el bloqueo del correo electrónico y el teléfono celular, o filtrado/descarte de invitaciones pueden ayudar a proteger los límites de interacciones externas fuera de la diada conyugal, y pueden ser un factor protector.

Finalmente, es importante tener presente todo esto, ya que a diferencia de los dispositivos electrónicos, las relaciones humanas no siempre se pueden “reiniciar”.

Luis González Bravo, psicólogo clínico y académico Universidad San Sebastián.

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