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Opinión

Vigencia de un mensaje, Juan Pablo II en Chile

Dr. Cristian Medina Valverde, académico del Instituto de Historia, Universidad San Sebastián


 Por La Tribuna

31-03-2017_18-27-42CristianMedinaV.

A las 4 de la tarde de un otoñal día de 1987, en el avión Jumbo Alitalia llegó a Chile Juan Pablo II. El papa finalmente estaba en nuestra tierra. Veintiún cañonazos y las campanas de las iglesias lanzadas al vuelo marcaron el inicio de la visita. A su paso por Santiago, una multitud fervorosa expresó muestras de júbilo; era entendible, ya que en 2 mil años de cristianismo nunca nos había visitado un papa.

El paso del tiempo demostró que fue una visita histórica; durante seis días repartió el pan de la palabra entre nosotros. Pronunció 27 discursos y participó en siete celebraciones de la Palabra, en cinco eucaristías y en varios encuentros que tuvieron un atronador sentido de celebración.

Recorrió nuestra geografía, resistió los cambios climáticos, navegó por el mar y se contactó con el pueblo mapuche. Su presencia movilizó a cerca de 2 millones de chilenos. Fueron 380 mil personas las que asistieron a la eucaristía en Rodelillo (V región), donde el tema central fue la familia.

Ochenta mil jóvenes se reunieron con él en el Estadio Nacional, una de las jornadas más significativas. A ellos les dejó un mensaje: “No pueden agotarse en la simple denuncia de los males existentes; (han de proponer) soluciones, incluso audaces, no sólo compatibles con vuestra fe, sino también exigidas por ella”. El sentido de ese discurso permanece vigente.

Miles de fieles lo aguardaron en la explanada del Templo Votivo de Maipú. Más tarde asistió al encuentro con el mundo de la cultura, que congregó a profesores, intelectuales y artistas, entre otros. Una vez más su voz se escuchó fuerte: “Una cultura del ser no excluye el tener: lo considera  como un medio para buscar una verdadera humanización integral, de modo que el tener se ponga al servicio del ser y del actuar”.

En la sede de la Cepal habló sobre la moralidad del orden económico internacional, señalando que tras el lenguaje de las cifras se descubre “el rostro viviente y doloroso” de las personas. Para superarlo, propuso recurrir al dinamismo y a la creatividad de la empresa privada, a su eficiencia y eficacia, y a la totalidad de sus energías.

Su paso por Santiago concluyó con la eucaristía de la reconciliación, donde cerca de medio millón de personas lo acompañaron en el Parque O’Higgins.

La segunda etapa incluyó seis ciudades en cerca de 60 horas: en Punta Arenas realizó un encuentro por la paz y en Puerto Montt hizo una travesía por el seno del Reloncaví, donde por primera vez en sus 33 peregrinaciones presidió un acto en el mar.

Arribó a Concepción el sábado 4 de abril, donde una feliz coincidencia permitió que fuera el día que la Iglesia consagra a la memoria de la virgen. Desde la capital regional ofició una santa misa dedicada al mundo del trabajo. Siguió a Temuco, donde tomó contacto  con nuestras raíces ancestrales.

Continuó a La Serena para una eucaristía presidida por la Virgen del Rosario de Andacollo, que salió por primera vez en 400 años desde su santuario en la montaña. Antofagasta fue la última en recibirlo, donde visitó la cárcel para luego oficiar una misa dedicada a la misión de la Iglesia en Chile.

En esta nortina ciudad concluyó su visita de 180 horas a Chile, donde pese a lo intensa, no mostró signos de cansancio. Tuvo tiempo para estrechar el corazón de los chilenos y tocar con sus palabras el alma de sus habitantes, en especial de los jóvenes, ya que en ellos “(…) se agitan las semillas de la vida para el Chile del mañana. El futuro de la justicia y de la paz pasan por tus manos y surge desde lo profundo de tú corazón”.

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