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Opinión

Andrés Pérez, el verano sabe a ti: entre perfiles y siluetas

Ives Ortega Poeta


 Por La Tribuna

19-01-2017_21-06-03IVESORTEGA

 Surge así un festín de colores, éramos seres mágicos y vidriosos, cantores, poetas, pintores, danzantes, músicos y teatreros, las raíces se extendían así como todas nuestras  extremidades.

 

“Quiero hacer un teatro que llegue al pueblo, un teatro que todo el mundo lo entienda…”. Era la delgada y subterránea voz de Andrés Pérez Araya, el joven director de teatro que aparecía en acción a finales de los ’80, aquí en Chile. El underground comenzaba a emerger, mientras tanto se corroen los rincones de la urbe con neoprenes y grapas a la salida de los colegios “municipalizados”, la pasta base desfila en la foresta de los parques, las telenovelas asaltan las camas matrimoniales, los asientos en las plazas no son más que neumáticos sumidos y flojos sobre un suelo. Desde el dolor, desde la rebeldía, desde el amor, desde el costo en las barricadas, ahí germinaron las semillas, todas las que arrojara el pueblo a su paso; el arte rebrota en las poblaciones, sosteniendo todo cuanto se venía por delante. Surge así un festín de colores, éramos seres mágicos y vidriosos, cantores, poetas, pintores, danzantes, músicos y teatreros, las raíces se extendían así como todas nuestras  extremidades. En la “gran capital”, la densa contaminación alcahueteó las bambalinas, cuando militares y civiles –una vez más- se dedicaron a cocer sus habas y a arreglarse los bigotes; hipotecando la democracia que tantas vidas había cobrado en este país.

 El calor de verano, lo disfrutan los mocosos semidesnudos, con sus calzoncillos jetones, poniendo sus humanidades en el chorro de agua que escupe el grifo de una esquina. También en Peñalolén, más tarde, a la sombra de una pandereta en los talleres de teatro, perseverantes y alegres; ahora, la chiquillada se ve alegre desfilando sobre empalizadas de madera, en sus ceñidos o amplios vestuarios, representando a zutanos y menganos, también con sus maquillajes. El Teatro callejero vino a quedarse, de la mano de la compañía del “Gran Circo Teatro”, el espíritu de los personajes escoge sus actores, es el tinte, el genio, el delirio; de este que dirige y seduce, haciendo sudar al “roto tira’o a gente” que llevamos dentro, heredero del “maestro chasquilla” -el de la cofia de diario-, del “chacolí”, del “ají picante”, del “pernil”, de la “caña mala”, y de la “fortuna de un buen catre”.

Fue hasta la puesta en escena de “Popol vu” y “La Negra Ester”, escrita -desde el maracubeo poético- de Roberto Parra, que Andrés Pérez, el renovador de la escena artística en Chile,  multiplicó, con los aplausos en el criterio referencial de la gente. Parte de sus proféticas palabras ya se cumplían en la construcción y apertura de espacios, donde la creatividad y la libre expresión se sumaron, en auxilio de las profusas heridas provocadas por las violaciones a los Derechos Humanos, bajo las armas de Pinochet y sus secuaces. Los jotes caían asados sobre el asfalto allá en la Pincoya, es hora de consumar todo lo necesario. Las bodegas abandonadas por el Estado, de calle Matucana, eran propicias para crear “Escuela”, pero “había que convencer a la ratas que dejarán el lugar de manera pacífica”; se redactaron todas las cartas, todas las letras, todos los versos, en el ir y venir merodeando timbres y folios burocráticos. Hasta que vino el portazo en la cara, en la voz de la “primera dama”, Luisa Durán:- “Los Artistas no dan confianza, son malos administradores”, -Andrés responde con más Arte, sabiéndose todos los repartos, buscando entre verbos y adjetivos que cualquiera de los personajes le hubiera descubierto.

Este 2017, el Arte ensancha incluso aún más las aulas de las calles, galpones, sedes vecinales o campos, humedeciendo la  emocionalidad del público y la terquedad en las contradicciones del hombre. Sucesivos gobiernos, persisten en la codicia, circunscritos en las próximas elecciones, reclutando “artistas” que le salven la campana entre trampas y caretas.

Ives Ortega

Poeta

 

 

 

 

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