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Opinión

Estrés escolar: el rol de los padres

Margarita Sandoval, psicóloga y académica de Psicología, Universidad San Sebastián


 Por La Tribuna

17-11-2016_21-23-33MargaritaSandoval

Vivimos en un sistema competitivo y exitista que permea toda la sociedad, llegando hasta las familias y los/as niños/as. La competencia puede sacar lo mejor de cada uno, sin embargo, también puede producir altos niveles de estrés en los niños/as, que se pueden traducir en efectos a corto y largo plazo.

La tensión y  estado de alerta permanente contribuyen a perjudicar la salud mental y física generando síntomas psicosomáticos -cefaleas, trastornos digestivos, problemas dermatológicos-; ansiosos, depresivos, insomnio; desadaptación socioemocional y baja autoestima, fracaso escolar, trastornos de conducta. Además puede tener efectos a largo plazo en el autoconcepto y autoestima, base de la personalidad.

Muchos de estos aspectos son el resultado de las expectativas que se tienen de los niños. Cuando superan su capacidad se genera estrés debido a la presión y sobreexigencia. No le pediríamos a un atleta mal entrenado, desmotivado o lesionado que logre una meta elevada, sino que esperaríamos que se recuperara, que recibiera ayuda profesional -física y psicológica- para que vuelva a entrenar y alcance la meta de manera dosificada y respetando sus ritmos.

Obviamente, los padres desean lo mejor para sus hijos/as, e intentan brindarles todas las oportunidades de desarrollo, no obstante, pueden llegar a presionarlos a realizar múltiples actividades o exigirles un rendimiento alto en todas las áreas.

Muchas de estas exigencias se asocian con las propias carencias y proyecciones de padres en los hijos: “quiero que sea mejor que yo”, “yo no tuve la oportunidad que él tiene”, “a mí me hubiera gustado realizar esa actividad, pero no pude. Por eso quiero que él/ella lo haga” o “quiero que sea el mejor de todos”.

La sumatoria de las exigencias somete a los niños a un estrés cotidiano, propiciado por factores familiares y escolares. Se tiene el supuesto de que el mayor rendimiento escolar es una garantía de éxito en la adultez, dejando de lado otros aspectos del desarrollo.

Es fundamental propiciar una personalidad equilibrada y las bases de un adecuado desarrollo psicológico, afectivo, social y cognitivo, respetando los ritmos y capacidades de cada niño/a en particular, su individualidad y sus diferencias.

Cambiar desde una mirada competitiva a una cooperativa logra que los niños mejoren su sentido de autoeficacia y desarrollen habilidades sociales, afectivas y cognitivas,  por lo tanto, mejora también el autoconcepto y autoestima. Esta es una forma respetuosa de crianza, considerando las necesidades de los niños/as y estando conscientes de las nuestras, de tal manera de no proyectar nuestros deseos y conflictos en ellos.

Algunas recomendaciones para prevenir el estrés escolar:

-Promover tiempos de esparcimiento y diversión. Los niños se desarrollan, expresan, liberan energía y aprenden a través del juego, por lo que es una necesidad. Llenarlos de actividades escolares impide que jueguen y, por lo tanto, es un riesgo para la salud mental y desarrollo de las relaciones afectivas.

-Promover hábitos de alimentación, sueño y ejercicio físico.

-Promover la autoestima. Ambos padres deben preocuparse por lo que hace su hijo/a, y fomentar sentimientos de poder y autonomía. Deben crearse expectativas acordes con las características del niño. Apoyarlo en los proyectos, aunque sean insignificantes a nuestros ojos.

-Fortalecer la autoeficacia. Debe sentir que es competente para resolver problemas y enfrentar las dificultades. Saber que el pedir ayuda no lo hace ser menos. Los padres deben estar dispuestos a apoyarlos en la búsqueda de soluciones, pero no resolver por él/ella.

-Humor. Es el estado contrario al estrés. Sonreír libera tensiones y produce bienestar. Hay que cuidar que el niño/a no sienta que se ríen de él/ella, sino que comparten un clima divertido. El juego en familia es una excelente instancia para esto.

-Relaciones afectivas: el vínculo entre padres e hijos/as es más importante que cualquier nivel de rendimiento. Ser cariñoso, demostrar afecto, estimular y reforzar los esfuerzos de los niños/as son acciones fundamentales. Dígale que está orgulloso de él/ella. Sea empático. Ellos necesitan saber que sus padres son incondicionales y los aceptan con sus cualidades, debilidades y diferencias. Que son amados aunque no cumplan todas sus expectativas. 


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