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Opinión

La abstención como un síntoma

Edison Carrasco, profesor en Derecho Penal, Universidad Andrés Bello


 Por La Tribuna

13-11-2016_20-28-07EdisonCarrasco

Pasados ya unos días de las elecciones municipales, y en conocimiento de que se alcanzó casi un 67% de abstención histórica, sobre ella la opinión ha ido desde entender esto como un déficit de legitimidad democrática, o bien, como la manifestación del desencanto político, e incluso hasta comprenderlo como la sola expresión de la desidia. Sin embargo creemos que todas éstas son lecturas erradas.

La abstención simboliza un “no más” a la partidocracia, y con ello, un “no” a las reglas actuales del juego político. La base de este juego se ha mantenido, a partir del inicio del gobierno de la Concertación, en un proceso en el que los partidos políticos han concentrado las decisiones políticas, dejando a la ciudadanía expropiada de dichas decisiones. Y como estas constituyen el núcleo de la política, se mantiene entonces a la política expropiada de las manos de la ciudadanía.  

El sistema de representación produce una delegación de las decisiones políticas. Este está inserto en un sistema más completo de delegación: delegación de las decisiones inmobiliarias (corredores), de las decisiones financieras (agentes, ejecutivo de cuenta), decisiones médicas (prestaciones Isapres), decisiones sobre el fondo de pensión (AFP), etc.

Gran parte de este sistema se basa en el aumento del tiempo laborable fuera de las relaciones de familia, donde se privatiza el tiempo de decisión y se copa el tiempo libre. La mente aproblemada y cansada del trabajo moderno no quiere pensar. Sólo delega.

Este sistema de delegación de decisiones comienza a resquebrajarse. La abstención es un síntoma, pero el síntoma expresado por una mayoría. Por el contrario, el 33% restante y que votó habría de representar entonces la minoría. De ellos surgió el castigo a quienes mantuvieron la representación supuestamente popular o ciudadana sin mejorar esta y sin cambiar su propia condición de privilegio: “la Concertación” (“Nueva Mayoría”).

Ante el panorama forzosamente dualista y binario, implicó castigarlos votando a su Némesis de la “transición”: la derecha. Y entre ellos surgió igualmente el voto díscolo: cantantes, modelos, candidatos inesperados por los medios de comunicación masiva. De algún modo, parte de esta minoría refleja, aunque en un sentido diferente, el síntoma.

Subyace en todo esto la crítica en contra del gobierno de los partidos políticos, y aun en contra del pequeño grupo que toma las decisiones dentro de los partidos mismos, pequeños reinos y principados que se debaten en lucha entre ellos para el acceso al poder.

La ciudadanía solo observa pasivamente cómo el poder político pasa una y otra vez, cómo transita enfrente suyo, cómo circula sin su intervención. Presencia una mecánica, una máquina puesta a andar desde la “transición” y en la que la ciudadanía no tiene injerencia. La ilusión se encuentra en hacer creer que se participa, que se decide. Decidir sobre las ofertas cerradas es no decidir. La máquina funciona con independencia de la elección de los votantes, al menos, sobre el tipo de elección.  

Tanto quienes sacan cuentas felices, como quienes sacan cuentas amargas, no están leyendo bien la realidad política. Voto voluntario por obligatorio no sólo no va a cambiar dicha realidad y sólo la maquillará, sino que con ello se vuelve a la vieja práctica tan chilena de hacer que la norma imperativa, que el mandato, fuerce a la realidad, a ir por un cauce diferente al cual verdaderamente se dirige.

¿Hacia dónde va este cauce y qué deja atrás? Deja atrás la creencia en el sistema de representación simpática actual, y por ende, la gestión del poder político por los partidos políticos; de la partidocracia, en suma. ¿Hacia dónde va este flujo? Probablemente, a procurar instancias por la ciudadanía para decidir por sí misma, y a desprenderse de la dictadura de los partidos políticos.


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