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Opinión

María Elena Ortega Cruces, es el nombre de Mamá

Ives ortega Poeta


 Por La Tribuna

11-05-2016_19-41-11IVESORTEGA-1

Teniendo una carreta que tirar, esta vez, con una ristra de hijos en la ciudad capital, las rubias trenzas se fueron abajo, como también, la sonrisa, las lágrimas, un trato amoroso por parte de su marido.

 

Por mi abuelo, Prebisterio Ortega, aprendí algo más del carácter de María Elena, mi madre, la mayor entre cinco hermanos, era igual que un hombre para trabajar, le gustaba jugar, destacaba en sus memoria las revistas de gimnasia, y su participación en lo que llamaban carreras con saltos, la vida se hizo más severa para “la tomatito” como la llamaban maliciosamente sus pares, la cosa se puso escasa y se morían los pocos animales de carne con que contaba la familia, fue cuando la viveza de su ingenio la llevó a fabricarle zapatos a las despellejadas patas de los cerdos, estos padecían la pisotea y no podían mantenerse en pie. Hasta con un ganso le dieron una vez por el espinazo, oí que decía la tía Jobita, su hermana, ahí andaba siempre saltando sobre un luche imaginario, sorteando pruebas rudas y frágiles, por ahí andaba entre travesuras haciendo el bien. Su madre, fue Pálmenla Cruces, en una ocasión apareció un pájaro en la ventana, fue suficiente, la naturaleza ya había enviado a su ángel, la madre moría días después -perdimos una abuelita-. El camino se hace más largo, surgió el frío, el desamparo ya no es posible acudir a la Escuela, y no basta el entusiasmo, los años aprendidos le entregan una hermosa caligrafía y unos buenos brazos para acompañar las labores de casa, la vigorosa niña codo a codo junto a su padre comienzan un serie de siembras que más temprano serían el sustento para estos inquilinos sin goce de sueldo.

Teniendo una carreta que tirar, esta vez, con una ristra de hijos en la ciudad capital, las rubias trenzas se fueron abajo, como también, la sonrisa, las lágrimas, un trato amoroso por parte de su marido. La Nena, como la supimos todos mis hermanos y hermana, no bajó sus brazos macizos, se hizo paso entre la orbe de manera silenciosa, observadora, diminutamente hechiza, labradora, siempre laboriosa, ahí la veo lavando y dejando en azul las mezclillas en la batea, convidando a sus vecinas a trabajar, a mirar en alto el sacrificio, ahí estuvieron sus manos lavando a sus crías de pies a cabeza, empleada puertas adentro se le sintió infinita un fin de semana, de improviso se agrandó la familia, de improviso se fue envejeciendo, era meritorio que estuviera en casa, disfrutando de su nieto Fernando Miguel, estuvo todo dispuesto, era hora de descansar. Pero no de una manera tan vil. “Luego de trabajar tanto, cumplidos 60 años de edad esperaba se le reconocieran sus libretas de imposiciones, su máximo sueño… no lo pudo conseguir, sus patrones, no conformes con descontarle parte de su sueldo no le habían impuesto sus estampillas por largo tiempo”. Víctima de un cáncer hepático poco después, María Elena Ortega Cruces, nuestra Madre, murió con la ilusión de haber cumplido aquel merecido sueño.

Nota: Permítanle además a cada una de las madres, llegado el momento, que ella reciba con júbilo el fruto de todo cuanto ha sembrado. No se lo niegue.

Ives ortega

Poeta

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