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Opinión

El humor: la diferencia entre lo humano y lo maquinal

Nicolás Ried Estudiante de Derecho Universidad de Chile


 Por La Tribuna

28-02-2016_21-01-03nicolasried

 

 Los programas de inteligencia artificial más sofisticados se topan con el problema de la producción de humor, ya que los sistemas operativos no pueden incorporar un logaritmo que permita producir un chiste.

En 2015, se realizó un análisis mediante rayos X sobre la pintura Cuadrado negro sobre fondo blanco de Kazimir Malevich. La obra, que data de 1915, escondía un secreto debajo del cuadrado negro: “dos negros peleando en una cueva de noche”, estaba escrito en francés. Un chiste escrito debajo de una de las obras más representativas del arte ruso del siglo XX. El filósofo Boris Groys sostiene que el paradigma del arte comunista soviético, opuesto a la propaganda artística norteamericana, lo encarnaría precisamente la obra de Malevich. El argumento de Groys es el financiamiento de la CIA a pintores como Jackson Pollock, lo que permitió sentar la tesis comparativa entre el arte ruso-totalitarista (cuadrados, máquinas, robots, carencia de libertad) y el arte estadounidense-liberal (rayas, desorden, animalidad, libertad).

Es interesante notar que el argumento que ofrece Groys no podría levantarse de haberse conocido que debajo de una de las obras que parece hecha por una máquina, y no por un humano, se escondía un chiste. O más bien, el argumento se invertiría en favor del comunismo soviético. Es el chiste, y en general la capacidad de producir humor, lo que establecería la diferencia entre lo humano y lo maquinal, más que esa supuesta libertad que se adjudica al proceso productivo de Pollock. Es notable que hasta hoy Hollywood utilice la tesis de la CIA: películas como Children of men (Alfonso Cuarón, 2006), X.men: The last stand (Brett Ratner, 2006), Ex machina (Alex Garland, 2015), o The lobster (Giorgos Lanthimos, 2015) posicionen un cuadro de Pollock en alguna de sus escenas para demostrar que, incluso en contextos previos a la desaparición de lo humano, aún persiste un último refugio simbolizado por las series numeradas del artista estadounidense.

Los programas de inteligencia artificial más sofisticados se topan con el problema de la producción de humor, ya que los sistemas operativos no pueden incorporar un logaritmo que permita producir un chiste (al ordenarle a SIRI que nos cuente un chiste, responde: “Sabes que que… Uy! No me acuerdo”). Basado en las obras de Freud, Wittgenstein y Schmitt, el filósofo Paolo Virno argumenta que el chiste es un juego con el lenguaje que suspende o modifica las normas mismas del lenguaje, es decir: exhibe la transformabilidad de todos los juegos lingüísticos. Virno extiende su argumento para decir que el chiste muestra lo frágil del lenguaje, como un golpe de estado muestra lo frágil de lo político.

Esa fragilidad es una condición de lo político que es necesario asumir. Asumir, sin embargo, no significa abrazar el conservadurismo político: no significa decirse “oh, ya nada podemos hacer, dado que todo es frágil”. Para comprar una copa de cristal es necesario entrar a la cristalería. Lo importante es asumir esa fragilidad al momento de actuar políticamente, ya que la operación básica de lo político no es la organización y guía de masas, sino la producción de afinidades e interdependencias. La finalidad específica no es la toma y conservación del poder, sino la producción de comunidad, de relaciones con otros y de alianzas no militantes.

El no asumir la fragilidad de lo político lleva a considerar las contradicciones como un defecto, las derrotas como vergonzosas y el vacío como un temor. Por eso, el legado de Malevich es mucho más fuerte del que percibió la CIA durante la Guerra Fría: en el corazón de la izquierda se encuentra el humor, y es necesario declararlo. Lo malo, es que es un tipo de humor que ha estado peleando en lo oscuro de una cueva.

Nicolás Ried

Estudiante de Derecho

Universidad de Chile

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