domingo 15 de diciembre, 2019

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Opinión

Vivimos con una sensación de asfixia permanente

Víctor Corcoba Herrero Escritor [email protected]


 Por LESLIA JORQUERA

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La visión humana de la creación conlleva un respeto hacia la propia naturaleza, que hemos de saber administrar en su conjunto, o sea planetariamente, acatando la belleza del ecosistema como algo propio que debemos preservar, además, para las generaciones venideras. Por desgracia, solemos actuar contrariamente a sus fines, motivados por la codicia, por la arrogancia y el engreimiento del dominio, por la estupidez del tener, sin otro objetivo que el dañar nuestra propia existencia, que es colectiva y de nadie en particular. Por ello, debiéramos tomar mayor conciencia sobre la naturaleza de cada ser y su mutua conexión con el orbe, en el que hemos de convivir todos sin tantos tintes contaminantes. Precisamente, un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) destaca la urgente necesidad de reducir las emisiones del carbono negro, el ozono y el metano, así como el dióxido de carbono, los cuales contribuyen al cambio climático. Se da la circunstancia, de que por primera vez este documento recomienda acciones directas, encaminadas a proteger la salud y a evitar las enfermedades  y muertes prematuras, que casi siempre afectan en mayor medida a las personas más vulnerables. Desde hace tiempo, todos sabemos que el resultado directo o indirecto de nuestro modo de vivir es, cada vez, más perjudicial para la salud de la población. Sin embargo, hasta ahora las acciones han sido más bien pasivas, cuando no destructivas, quizás por esa falta de sentido ético en función del bien colectivo.

En este sentido, pensamos que la publicación del citado informe de la Organización Mundial de la Salud, puede ser un paso significativo en la prevención de enfermedades y muertes relacionadas con la contaminación atmosférica, siempre y cuando trabajemos todos armónicamente y nos concienciemos en global. El objetivo es concluyente: “Para el año 2030, reducir sustancialmente el número de muertes y enfermedades por productos químicos peligrosos y por la contaminación del aire, el agua y el suelo”. Por otra parte, es una buena noticia que la citada Organización esté poniendo a prueba varios de sus enfoques de salud urbana. Como ha dicho recientemente el Secretario General de Naciones Unidas, “un buen diseño urbano puede ayudar a combatir el cambio climático, reducir el efecto de los desastres y hacer que las ciudades sean más seguras”.  Se me ocurre idéntica actuación para el desarrollo rural, con el añadido de que aún siguen existiendo graves desigualdades en todo el mundo entre la vida en la urbe y la vida en el campo. Pero al fin, todo es semejante, pues el objetivo final es mejorar  la calidad de vida del planeta y conservar su medio ambiente lo más intacto posible. En cualquier caso, es una noticia esperanzadora que una alianza mundial voluntaria de gobiernos, organizaciones intergubernamentales, empresas, instituciones científicas y la sociedad civil comprometida, conocida como la Coalición de Aire Limpio y el Clima, trabaje duro con acciones concretas para reducir los contaminantes climáticos, incluyendo metano, carbono negro y muchos hidrocarburos, a través de iniciativas de colaboración para sensibilizar, movilizar recursos y liderar acciones transformadoras en sectores de emisores fijos.

El deterioro de la calidad de la vida humana empieza a resentirse, en parte debido a esta ofensa ambiental, fruto de tantas emisiones tóxicas, sin espacios verdes suficientes,  y con una ruptura total con la naturaleza, a la que ya no sólo no atendemos, sino que tampoco activamos como porción nuestra. En relación a este desmembramiento, donde el mercado se ha divinizado mientras la naturaleza se ha supeditado, estoy convencido de que el riesgo de desastres se va a incrementar en todo el planeta por el cambio climático. Lo cierto es que vivimos, a veces sin saber que cohabitamos y existimos, con una sensación de asfixia permanente, difícil de despojarnos de ella. Es de desear, por consiguiente, que la comunidad internacional y los diversos gobiernos del mundo, las familias y cada persona por sí misma, sepan transformar estos ámbitos contaminados, nocivos para todo ser humano, en lugares de protección, con otros estilos de vida más responsables con el entorno. Lo que produce un inmenso desconsuelo es pensar que mientras el medio ambiente nos ha venido alertando por nuestro caos y desorden ecológico, apenas hemos hecho nada, pues a poco que le hubiésemos prestado atención, tendríamos otra casa más humana y habitable para todo ser vivo. Al fin y al cabo, una sociedad, materialmente endiosada, dispuesta a oprimir el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un verdadero avance humano, respetuoso con el medio.

Víctor Corcoba Herrero

Escritor

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