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Opinión

Educación ética para la democracia

*** La sobrevivencia de un sistema democrático requiere la existencia de comportamientos morales que aseguren, en lo político, económico y social un mínimo ético común, una coherencia entre las palabras y las acciones concretas.


 Por La Tribuna

alejandro-mege

Educación ética para la democracia

*** La sobrevivencia de un sistema democrático requiere la existencia de comportamientos morales que aseguren, en lo político, económico y social un mínimo ético común, una coherencia entre las palabras y las acciones concretas.

Mientras la sociedad chilena continúa tomando conocimiento, ya sin asombro, sobre las más variadas y fraudulentas relaciones entre el dinero y la política, se conoce la forma como los implicados tratan de justificar u ocultar los delitos cometidos, reptando lo más apegado que se pueda al piso de la vida social para evitar que el peso de la densa sombra de sus actuaciones delictuosas se vea reflejada lo menos  posible por la luz de la verdad y la justicia, verdad y justicia que, no pocas veces, se ven presionadas a olvidar, o al menos, minimizar la responsabilidad de sus transgresores en aras de un bien superior (así lo creen los responsables): evitar el colapso de la élite de los negocios, el dinero y la política -en ese orden- autodenominada  como el pilar sobre el que se sostiene la vida económica, política y social del país, evitando el enjuiciamiento de los “prohombres” que están por sobre el bien y el mal ya que con ello se evita -así se afirma- producir el caos social del que la mayoría de la ciudadanía no sólo no tiene responsabilidad alguna, sino que resulta ser la víctima.

De lo que no se tiene clara conciencia es que con esas actuaciones estamos transitando a la pérdida de la ética pública que hace posible la existencia de la democracia como forma de vida, ya que no hay democracia sin ética y menos será posible la existencia de una verdadera y legítima democracia en una sociedad donde  actúen malhechores utilizando ciertas formas de comportamiento con visos de democracia (Giusti). La vida democrática requiere de la existencia y práctica de valores morales cívicos que le den sentido y consistencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Preparar a la sociedad para una vida democrática, sustentada en principios éticos y actuaciones morales, constituye una de las tareas de la educación, la que hoy debe realizar su acción rodeada de un ambiente poco propicio, donde los modelos sociales no resultan ser un referente ético válido ni menos un ejemplo a ser emulado, hecho que resulta aún más decepcionante cuando el sistema educacional, al finalizar el proceso formativo que le corresponde, desembarca a los estudiantes  en una realidad social que difiere de aquella concepción ética de la vida en sociedad que la educación intentó internalizar en ellos.

Constituye una de las tareas principales de la educación formar al ser ético que permita la construcción y consolidación de la democracia, acercarse a la figura de ese ser consecuente que, hace más de 2300 años, reconociera Platón, al decir: “Cuando oigo a un hombre que habla de la virtud y la ciencia, y que es un verdadero hombre digno de sus propias convicciones, me encanta, es para mí un placer inexplicable ver que sus palabras y sus acciones están perfectamente de acuerdo, y se me figura que es el único músico que sostiene una armonía perfecta, ni con una lira ni con otros instrumentos, sino con el tono de su propia vida, porque todas sus acciones concuerdan con todas sus palabras”. Así, la democracia se construye día a día, donde la ética es su fundamento y la educación la que le da forma, la difunde y la fortalece.

La sobrevivencia de un sistema democrático requiere la existencia de comportamientos morales que aseguren, en lo político, económico y social un mínimo ético común, una coherencia entre las palabras y las acciones concretas. No es relevante para la ética pública la forma como piensan las personas, sino aquello que hacen, el accionar colectivo regido por pautas y códigos comunes y respetados por todos, de modo que la fortaleza de la democracia depende de las virtudes, la inteligencia y la voluntad de cada uno de sus miembros.

Los valores de la democracia no dependen de verdades reveladas, ni de hábitos transmitidos por lo genes, sino que por el respeto por la dignidad de cada persona; la libertad responsable; la igualdad de derechos; la justicia económica y social; el respeto a la ley y a la verdad; la responsabilidad personal y cívica; la tolerancia y la fraternidad humana; de la ética, privada y pública y de los actos morales, los que pueden ser enseñados, aprendidos y practicados (G. Guevara). Para ello, la sociedad debe permitir  que la educación  ocupe el liderazgo que la conduzca a cumplir con su misión: la construcción de una sociedad donde la  ética  y la democracia constituyen una unidad que la educación amalgama y fortalece.

Alejandro Mege Valdebenito

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