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Opinión

Inclusión, la nueva mirada educativa

Daisy Contreras González, Psicóloga y académica Facultad de Psicología Universidad San Sebastián


 Por La Tribuna

Daisy-Contreras

A raíz de la Reforma Educativa, el término inclusión ha cobrado relevancia. Sin embargo, es necesario recordar que ha venido haciendo eco desde la educación especial, se posiciona como un movimiento que sucede a la integración escolar y que busca dar una respuesta educativa efectiva y sensible a las necesidades de todos los estudiantes, a través del trabajo colaborativo entre profesionales que trabajan juntos en la búsqueda y elaboración de diseños de experiencias de aprendizaje.

Por tanto, ya no solo contempla a quienes presentan un diagnóstico de discapacidad intelectual, déficit atencional o trastorno del lenguaje, sino que trasciende el paradigma de lo clínico para centrarse en las necesidades de todos los niños de hoy. Con esto me refiero -y le doy crédito a los docentes que dicen que los estudiantes de hoy no son los de antaño- a aquellos inquietos por saber, devoradores de las redes sociales y la tecnología, con amplio acceso a la información, con un mayor nivel de crítica social y desmotivados por lo académico, lo que hace que las aulas sean un popurrí de experiencias, ideas e intereses que difícilmente están siendo cubiertas e impulsadas por los docentes.

Integrar significaría que estos estudiantes, en una misma escuela,  pero en ambientes separados, deben tener respuestas distintas para cada uno con tal de cubrir  sus necesidades, pues lo que ayuda a uno, no es beneficioso para otros. Inclusión, en tanto, es cooperar, ayudar y convivir, todos con sus diferencias, pues de ahí la riqueza de la experiencia de aprendizaje y de la vida misma. Lo que yo necesito, a lo mejor también resulta de ayuda para otro, y lo que sé, puedo compartirlo. No es necesario separarse, la clave está en las diversas oportunidades que el docente le brinde a su curso con tal de abordar los intereses de todos. Para llevar a cabo esta ardua tarea cuenta con equipos de profesionales (profesores diferenciales, fonoaudiólogos, psicólogos) y con sus estudiantes, quienes pueden cooperar en la construcción de conocimientos.

Inclusión, por tanto, es el concepto  que viene a dirigir el cambio en el sistema educacional. Nos invita a cuestionar refranes tan anquilosados como “la ley pareja no es dura” o “todos somos iguales”, pues en nuestro sistema educativo, la búsqueda de la homogeneización ha sido lo más injusto.

La inclusión se ha convertido en la bandera de lucha de la revolución educativa que se ha estado emprendiendo y que pone nombre a la reforma que espera legalizarse. Pero ¿a qué se refiere el término?

Incluir, desde la educación, significa juntar a todos los estudiantes y disminuir las barreras que impiden su acceso y el logro de los aprendizajes, debido a un currículum, a prácticas y  a un paradigma incapacitante que busca homogeneizar criterios y evaluar a todos según los mismos principios. Esta ley pareja no ocasionó más que el aumento de la injusticia social, pues, por tratar de que todos lleguen a un mismo ideal, se pasó por alto la riqueza que implica el ser diferentes y únicos y, por consiguiente, con distintas metas.

¿Es necesario que todo niño en quinto básico aprenda a escribir creativamente narraciones (relatos de experiencias personales, noticias, cuentos, etc.) que tengan una estructura clara, utilicen conectores adecuados, incluyan descripciones y diálogo para desarrollar la trama, los personajes y el ambiente? Al menos eso nos determina el programa de Lenguaje y Comunicación. ¿Y qué ocurre con aquel estudiante que tiene interés en la ciencia, en la música o habilidades deportivas? Pues tendrá que esperar, pues nuestro sistema busca la homogeneización. De ahí la relevancia de otro término: la autorrealización. Hoy no importa cuál es el objetivo de cada estudiante en la vida, lo importante es que aprenda Lenguaje y Matemáticas.

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