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Opinión

La vida consagrada hoy

Hermana Elsa Maldonado, Departamento de Comunicaciones Obispado Santa María de Los Ángeles


 Por La Tribuna

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En el marco de este año 2015, proclamado por el Papa Francisco como el Año de la Vida Religiosa, enumeraremos algunos desafíos, que son también oportunidades, para el relanzamiento del estilo de vida de los consagrados.

Estamos en un mundo global y planetario. La información –gracias a las nuevas tecnologías– circula por todo el planeta sin dificultad y crea dinamismos económicos, políticos y estratégicos hasta ahora inéditos. Nos sentimos más cercanos los unos a los otros y podemos comprender mejor nuestras diferencias. Sin embargo, estos dinamismos, puestos al servicio de los poderes fácticos, de intereses particulares, de la ideología neoliberal, tienen efectos muy negativos y discriminatorios: generan pobreza, humillan la dignidad de los pueblos que tienen pocos recursos, imponen un único modelo económico neoliberal y marginan las culturas, los pueblos y los grupos que no sirven a sus intereses.

En la Vida Consagrada también se experimenta la movilidad de nuestro tiempo. Los religiosos y religiosas nos vemos llamados a ser comunidades y personas de éxodo, que demandan una constante actitud de diálogo e inculturación, de apertura de mente y capacidad de transformación. La Vida Consagrada tiene hoy la oportunidad de encontrarse con el ser humano en su movilidad, de ser samaritana sabiendo acoger, acompañar y cuidar a estas personas heridas y marginadas.

También nosotros, personas consagradas, podemos vernos involucrados en esta economía insolidaria. Este desafío pone a prueba la verdad de nuestra solidaridad con los pobres, los excluidos y los amenazados en su derecho a la vida y al compromiso con su liberación.

 Hay personas y organizaciones que trabajan por los pobres, los derechos humanos y la paz. Los grandes progresos de la ciencia, de la biotecnología y de la medicina moderna, constituyen, al mismo tiempo, un signo de esperanza y de temor para toda la humanidad y, de modo especial, para las personas consagradas que están comprometidas en la promoción y protección de la vida humana.

La Vida Consagrada acoge, hoy más que en otros tiempos, la pluralidad, la diversidad.

Este desafío se convierte en oportunidad cuando somos capaces de entrar en comunión. Entonces son reconocidos, liberados y puestos al servicio de todos los carismas individuales. Una Vida Consagrada en la que se respetan y promueven las diferencias: de género, de edad, de cultura, de sensibilidad, etc., adquiere una notable calidad de signo en nuestro mundo.

También en la Vida Consagrada la complejidad de nuestro mundo y la mentalidad posmoderna generan –especialmente en las nuevas generaciones– un tipo de personalidad más compleja y menos definida. Esto afecta de modo especial a la vida y misión de las personas consagradas, manifestándose en actitudes más tolerantes con la diversidad, más centradas en lo subjetivo, más relativas.

La reflexión antropológica y teológica sobre el celibato y la comunidad que se está llevando a cabo, intentan dar respuesta a las nuevas situaciones y orientar la formación en el amor y en el celibato de una forma más relacional e integradora del espíritu y el cuerpo.

También en la Iglesia y en la Vida Consagrada el secularismo ambiental favorece una desviación idolátrica que se expresa en el culto a los medios de comunicación, a los poderosos, a las instituciones, a los hábitos, a los ritos, a las leyes, que hacen cada vez más difícil la conversión al único Dios del Reino.

El ser humano está cambiando más de lo que podemos suponer, precisamente por estar inmerso en la sociedad digital y la revolución cognitiva que comporta. Esto afecta de modo especial a la vida humana, su configuración y su sentido. La comunicación nos globaliza. Vivimos la realidad de forma mucho más amplia.

La vida social se hace cada vez más virtual. El contacto humano se vuelve más digital.

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