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Opinión

Alejandro Mege Valdebenito


 Por La Tribuna

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Existe un proverbio chino que dice: “Cuando el dinero habla, la verdad se calla”, y esa es la impresión –certeza para muchos- que tiene la ciudadanía sobre la situación que enrarece el ambiente social, político y económico que se vive. El poder de los dueños del dinero que moviliza a la política hace enmudecer los labios de muchos, convirtiendo en intocables a quienes, ha pesar de la gravedad de los delitos que cometen, quedan absueltos de la sanción  que sus actividades delictuales los hacen merecedores, como le ocurriría a cualquier ciudadano que no cuenta con ese escudo protector que los torna inmunes a la acción de la justicia, hecho que lleva a la gran mayoría de las personas, esa parte de la sociedad que no está corrompida, que se gana la vida de manera honesta, que no acepta que las violaciones a la probidad se justifiquen porque “todos lo hacen” y que, aunque llevando una vida de subsistencia precaria, jamás  con su conducta enseñaría a sus hijos a defraudar al prójimo, apriete los dientes y contenga su ira ante tamaña desvergüenza e inmoralidad que genera un sentimiento de desconfianza e inseguridad que corroe la fe en las autoridades y en la efectividad de la justicia con el temor que los hechos delictuales pasen a ser aceptados como normales en la vida en común y que  las leyes se acomoden a los intereses  y al poder de quienes las infringen.

Los actos transversales de corrupción que afecta a los niveles más altos del poder, sin pudor ninguno se justifican y minimizan con las estadísticas de que somos uno de los países menos corruptos del mundo y que el financiamiento de la política ha sido siempre a través de procedimientos ilícitos por lo que resulta desproporcionado darle la importancia que algunos –no todos, por supuesto- le asignan. ¿Deberemos, entonces, esperar  ser uno de los países más corruptos para tomar conciencia del peligro que significa el nivel de degradación social y moral que en que nos estamos hundiendo?

A diferencia de la casta de los intocables de la India, esos que no tienen nada, que son los parias de esa sociedad, los intocables de la nuestra lo tienen todo y, aún así, con voracidad insaciable, siempre quieren más y no dudan en los medios para conseguir sus fines. Sin embargo, no todo está perdido. Contra esta “normalidad de la inmoralidad”, se levanta la voz de los indignados, ese sector de la sociedad, especialmente la de los estudiantes, que no terminan por aceptar este estado de cosas y que con su actitud “incomodan” a los  que forman parte del binomio negocio y política,  que tiene el poder para ordenar y dirigir, con sus particulares interpretaciones de la ética, la vida en sociedad. Los movimientos sociales –aunque indignados, siempre deben ser pacíficos- han empezado a hacerse presentes como una forma de frenar las malas prácticas que enlodan  la vida pública.

Cuando se califica al sistema educacional de inadecuado y de baja calidad, la verdad es que la educación que tenemos solo refleja el tipo de sociedad que hemos sido capaces de  construir, una educación pragmática, individualista, que privilegia el utilitarismo y la competencia y desdeña la formación valórica, aquello que hace más de veinte siglos describía como funciones de la educación Platón, el filósofo ateniense: la formación del ciudadano y del hombre virtuoso preparado para el desempeño ético de una profesión, principios acogidos en nuestros actuales programas oficiales de estudio cuando establece que la escolarización solo se considerará exitosa cuando se adviertan en los alumnos  habituales “actos de generosidad y solidaridad, dentro del marco del reconocimiento y respeto por la justicia, la verdad, los derechos humanos y el bien común”. Así, ha pesar de lo oficialmente declarado, nuestra educación no es exitosa en el proceso de formación de las personas y no lo será mientras quienes son considerados  líderes y conductores de la sociedad tengan conductas que,  aunque no  logre acreditarse la violación de la justicia, vulneran con creces los principios morales que son la base de sustentación de una sociedad sana que tiene, a través del sistema educativo que sustenta, la misión de evitar que existan en su seno personas intocables o indignadas, cuando la conducta individual y colectiva responda a una moral social, de cuenta a la justicia y la verdad no le tema al poder del dinero.

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