suscríbete al boletín diario

Opinión

Descubriendo Bolivia

Mario Ríos Santander, Ex senador de la República


 Por La Tribuna

MARIORIOS

En el aeropuerto de Iquique, a la espera del avión que me llevaría a La Paz, Bolivia, conversé con un comerciante boliviano. Era su viaje mensual a la Zona Franca. “Todos los meses vengo a comprar unos 90 mil dólares en mercadería, algo así como 27 toneladas de papel, cuadernos, lápices, tintas para abastecer mi negocio”, se ufanaba señalando que tenía su propio camión para flete. Luego se disgustaba porque “Evo no nos permitió salir con los dólares, ahora tiene que ser a través de un banco. Antes traía los 90 mil en este morral y cuando iba a comprar, con los billetes a la vista, conseguía mejores precios”. De pronto recordó la campaña de su gobierno por el mar. Con una mirada afable me dijo “qué les cuesta a Uds. un poquito de mar para mi país”, casi en tono de súplica.

En La Paz, todo era distinto. De pronto descubrí que nunca había conversado con un boliviano. Algún saludo por ahí, pero nada más. A mi vuelta a Chile, hice la misma pregunta y comprobé que nuestra única relación con Bolivia eran las declaraciones de Evo Morales y las respuestas del canciller, acompañadas por otras del diputado Tarud. Del resto, nada. ¿Es lógica tal distancia?

En Bolivia estaría en La Paz y Santa Cruz. Conocí dos realidades. Me propuse conversar con académicos, autoridades superiores del gobierno, dirigente de partidos políticos, candidatos a la alcaldía, a las gobernaciones, concejales de esas ciudades, de El Alto y de los departamentos (regiones), a fin de tener una visión mas allá de las opiniones de Evo. Me encontré con un pueblo afable. “Sí, queremos algo de mar, pero si ello significa perder la amistad de Chile, entonces preferimos esa amistad”, fue la constante en mi conversación. Pero, ¿nosotros le damos importancia a esa amistad que ellos reclaman y aprecian? Francamente no. Ya lo digo, la historia, las declaraciones de conflicto, han sido y son la constante entre ambas naciones. Los pueblos no han conversado nunca como nos ocurre con otras naciones que nos sentimos más afines. Y aunque hay 50.000 bolivianos en Chile, trabajando, sin complicar la vida de nadie y unos 2.000 chilenos en Santa Cruz en iguales funciones, tampoco se observan avances de integración entre ambos pueblos. Aún más, cuando le comenté a algunos conocidos que viajaba a Bolivia, invitado por su gobierno como observador electoral internacional, la respuesta fueron ironías (“¿le vas a llevar el mar?”). Ningún interés, sólo sorna y algo de desprecio. Debo reconocer que para mí tampoco resultaba muy fascinante el viaje. Sin embargo, en las charlas posteriores mi visión cambió radicalmente y mi primera observación fue haber lamentado no conocer antes a esta sociedad en que el 80% es indígena, con una riqueza ancestral tremendamente atractiva. También debo reconocer que lo hecho por Evo en cuanto a la incorporación de los indígenas a la vida nacional merece el mayor de los respetos. Por lo demás, ha logrado lo imposible: una década de paz, armonía en la vida interior de su país y posesionarlo en el mundo después de un siglo o más de marginación internacional.

¿Y nosotros, los chilenos, frente a los bolivianos?

En la respuesta inmediata, ya lo digo, surge el conflicto marítimo. Se presenta el rostro de Evo, algo odioso, camarada de Chávez, amigo del alma de Maduro y Fidel. En eso Evo ha cometido un error enorme. Tan grande es la “devoción” a los últimos marxistas que van quedando sobre a tierra, que postergó la visión del mundo sobre su pueblo y, de esa forma, lo enclaustró tras la cordillera e hizo que sus éxitos fueran solo de él y nada de su plurinacional población. Esa será la deuda que dejará su gobierno. El resto está por verse en La Haya y otros lugares. Por ahora, yo al menos, comenzaré a ser amigo de los bolivianos.

Especial Coronavirus

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes