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Opinión

La ciudad y el ciudadano

Alejandro Mege Valdebenito.


 Por La Tribuna

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La ciudad y el ciudadano

Al salir por las calles Guacolda y  Villagrán al lado norte de la ciudad y antes de ingresar a esta última, observamos

-reconozco que con una sensación de impotencia y un grado de molestia no expresada por lo irracional del hecho, aunque ya sin mucho asombro por el recuerdo de acciones similares –como un árbol que habíamos visto crecer  y que el otoño comenzaba a vestir sus hojas de distintos colores, había sido sistemáticamente abatido, rotas sus ramas una por una, herido su cuerpo hasta el extremo de ser condenado a muerte por alguien que diera salida a sus impulsos cavernarios de destruir por destruir, como sumando un malsano aporte a la  dramática y desoladora destrucción que la naturaleza – agua y fuego que, tanto como dan vida, la quitan – y la imprevisión humana, afecta hoy a miles de compatriotas del norte y del sur de la patria, mi acompañante me dijo: ¿qué podrán hacer las autoridades?, ¿qué podrá hacer el alcalde para evitar desmanes como este? No creo que mucho, dije. Las conductas de las personas dependen de variados factores y su modificación es un proceso largo y continuo que se inicia en la familia, que sigue con el sistema educativo formal y se nutre y se conforma en el ambiente positivo o negativo que le ofrece como modelo la sociedad. Si bien el hecho de mutilar un árbol, que para muchos resulta un detalle baladí, sin importancia  (algunos ni siquiera alcanzan ver los árboles y las plantas que logran sobrevivir en la ciudad), lo mismo se aprecia en muchas otras acciones destructivas del medio ambiente natural y cultural que ocurren en calles, avenidas y plazas ante la mirada indiferente y ajena de quienes hacemos uso y abuso de lo que tanto cuesta construir y que afecta la calidad de vida de la ciudad y sus habitantes. El cuidado y progreso de nuestro hábitat  no es responsabilidad exclusiva del gobierno local ni se explica por la administración que encabeza el alcalde y su equipo de trabajo. Son muchas las personas e instituciones que desde su accionar colectivo o individual afectan la calidad de vida de la comunidad y que, eludiendo la responsabilidad de lo que constituye parte de nuestro deber cívico y ciudadano, se la endosamos  a las autoridades de turno.

Los espacios públicos son considerados por muchos de quienes se estiman ciudadanos como algo que “no me incumbe”, un lugar donde se puede hacer lo que se quiere porque “no es de nadie”,  estrecha idea de libertad que representa una lejanía del sentido de pertenencia con la ciudad donde lo único que parece importar es uno mismo y lo que le es propio, pero de ninguna manera lo que es parte del patrimonio colectivo.

La ciudad necesita de ciudadanos activos y comprometidos, de críticos objetivos y constructivos, pero también de aportes  que signifiquen obras y acciones de bien común y no sólo observadores pasivos o indolentes proponiendo soluciones de lo que ellos harían si fueran autoridad. El verdadero ciudadano no sólo es espectador de la vida ciudadana, es también actor de ella. Es aquel que concurre con su voto a elegir sus autoridades y que se interesa por lo que hacen. Y como la educación es formación cívica y ciudadana, no puede estar ausente en los programas de estudio y en la acción de la escuela la construcción del nuevo habitante de la ciudad y la ineludible relación y comprensión que debe tener con el medio ambiente natural, cultural y social en el que debe vivir y participar concientemente.

Es tarea de la educación y de la sociedad la formación del ciudadano responsable, capacitado para transmitir  a la autoridad su visión real, siempre objetiva y desprejuiciada  de lo que ocurre en la ciudad y debe haber canales que le permitan hacerlo, aportando todo lo que le sea posible  al bien de la ciudad y sus ciudadanos y es deber de la autoridad escucharlos. Mientras no haya personas capaces de respetar la naturaleza, los bienes públicos, las creaciones culturales, las normas básicas de convivencia, la propiedad ajena y contribuir a la armonía y la paz ciudadana; que no les interese ni les importe la ciudad en la que viven, o hagan algo por contribuir a su cuidado, progreso y desarrollo y le endosen esa tarea solamente a las autoridades, puede haber ciudad, tal vez sin alma, pero no necesariamente ciudadanos.

Alejandro Mege Valdebenito.

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