lunes 16 de diciembre, 2019

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Opinión

Ningún colegio tiene el derecho a decirle a un estudiante que no le quiere entre sus filas

Estamos inaugurando una nueva era en la historia de la educación chilena: los resultados de este avance en equidad, sin duda, no se harán sentir según porcentaje, porque los cambios sociales, imparables como son, no distinguen origen ni capacidad.


 Por Cristian Delgadillo Rosales

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Sencillamente estoy feliz por el primer paso de la reforma educativa que tanto hemos buscado. Con los bemoles del caso, hemos avanzado hacia ese horizonte que hoy pareciera no ser todo lo utópico que siempre ha sido.

Entre los bemoles que hacen que la felicidad no sea total, me llama poderosamente la atención el revuelo que ha causado en este último tiempo el tema de los liceos “emblemáticos”. Y creo que algo debo decir en torno a esto, considerando que soy hija de la Educación Pública, egresada de uno de estos liceos. ¿Qué encontré en mi paso por el liceo de niñas? Algunos puntos que, creo, muchas escuelas y liceos de Chile debiesen tener:

– La posibilidad de encontrarme con gente de las más diversas trayectorias y biografías reunidas en una sala de clases (comunas, condición de clase, composición familiar, intereses, colores políticos y una larga lista de etcéteras). Algunas de estas personas son, hasta el día de hoy, grandísimas y queridas amigas.

– Tres o cuatro profes que hicieron los clicks precisos en esa mentecita juvenil y “picá a rebelde” (doña Rosa Barrera aguantando –y felicitando– mis berrinches lírico/ensayísticos por hacernos leer cosas que, según yo, no tenían ni ton ni son; Juanito Jauré llevándonos a un seminario de algo que por ahí llamaban ‘internet’ –maravillosos 90’s–; el Chico Silva haciéndonos ‘sufrir’ con el Árbol del Conocimiento… Humanista, como verán).

– Eso de cantar, solemne o desaforadamente, pero siempre a viva voz, un himno que nos llamaba a ser conscientes, nobles, fuertes, para enfrentar el mañana. Harto rito. Harto ceremonial. Harto símbolo. Casi tanto como en mi escuela básica, de la que nos les hablaré ahora porque esa es harina de otro maravilloso costal.

¿El resto? Nada de qué enorgullecerse. 100 años de historia no servían –al menos en ese momento– para resolver unas salas frías y ruidosas, unos baños tétricos, una competencia feroz por los cupos de los escasos talleres de los días sábado; un cuerpo docente que en gran porcentaje necesitaba retirarse al merecido descanso; una cultura de lo menos democrática que se haya visto; y, quizás lo peor de todo, la interminable monserga de cada inspectora y profe de viejo cuño: “Si no le gusta, se va. Afuera hay veinticinco niñas esperando su puesto”.   

A pesar de eso, de vivir las mañanas de seis años en una institución que no te quiere, que te exigía hacerse espacio a punta de ingenio, encanto y habilidad para sortear de manera más o menos feliz ese universo de restricciones y amenazas; a pesar de eso, siento un profundo cariño por mi liceo. Para las marchas del 2011, salí a la calle con la corbata al cuello, como una forma de decir de aquí vengo y aquí estoy porque me importa, porque sí, porque en más de alguna manera siento orgullo por haber estado en esa “cuna de presidentas” (sí, en algo se puede emular el incomparable orgullo institutano).

No necesitamos banderas, versa una joyita del rock chileno de los 80. Lamentablemente, parece que sí las necesitamos. O al menos requerimos de un emblema que nos cobije bajo su sombra, que nos haga un poquito más fácil la inserción en las lógicas clasistas que, desde los tiempos de la colonia, dibujan y desdibujan este país. O quizás, desde una mirada un poco más apreciativa, lo que necesitamos es algo que nos iguale con otros, que nos haga partícipes de un sentir colectivo que no nos deje en la soledad tan característica del exitismo que ha constituido nuestra larga y angosta faja de tierra.

Ninguna institución educativa tiene el derecho a decirle a ningún estudiante que no le quiere entre sus filas. No es justo, es una señal contradictoria con la conquista de los derechos por los que tanto hemos venido luchando. Es cierto que cada estudiante tiene formas diferentes de enfrentar los niveles de exigencia propios del proceso educativo, pero la escuela debe proveer las salidas y apoyos requeridos para que eso también constituya un aprendizaje.

Estamos inaugurando una nueva era en la historia de la educación chilena: los resultados de este avance en equidad, sin duda, no se harán sentir según porcentaje, porque los cambios sociales, imparables como son, no distinguen origen ni capacidad. 

Loreto Jara

Profesora de Historia,

Profesional del Centro Ed. Liderazgo Educativo

Educación 2020

 

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