lee nuestra edición impresa

Opinión

De luz y de sombras


 Por Luis Rozas Mardones, psicólogo

Luis Rozas Mardones

Rosita ya va sobre los 75 años de vida, mientras su compañero Juan, pasó los 80 hace un buen rato, ambos se conocen desde pequeños, cuando cursaban sus estudios en el primer año de humanidades, en esa antigua escuela, cuyas instalaciones fueron demolidas y hoy son oficinas municipales.
Remontando el tiempo, queda claro que lo suyo es un amor a la antigua, ella aún atesorando en un viejo libro, los pétalos secos de esa primera flor, que su esposo cuando joven, recogió del jardín y se la obsequió como el más preciado tesoro, como anticipando que eso era el comienzo del camino que juntos recorrerían.
Por su parte él todavía conserva esos abrigadores guantes de lana, que Rosita les tejió con tanto esmero, para cuidarlo del frío intenso del invierno (tal como le dijo hace tantos años), ese que congelaba los cuerpos, pero que nunca logró enfriar su amor, puro y transparente como el agua más cristalina.
Mucho ya ha pasado de esos juegos de juventud, de los interminables paseos por el pueblo, de ese amor que sobrevive a tantas décadas, que en la escuela nació de una simple mirada, creciendo bajo el sabor de una once o una invitación a comerse a medias, un trozo de chocolate, adquirido con los pesos, que Juan logró ganar, trabajando por las tardes en el almacén familiar.
Cuando ambos miran hacia atrás, se les aprieta el alma, se tienen el uno al otro, como amigos, compañeros de vida y confidentes, que como es costumbre, mientras están recostados sobre su cama, profesan un sentimiento incombustible, leyendo con paciencia juntos, un ajado libro que pareciera contar su propia historia de amor, no es lo material lo que vale en ese mendrugo de minutos, son los gestos y cuidados mutuos lo que alimenta su relación, mostrando su amor a la antigua, uno real, de los que tristemente, pareciera ya estar en extinción.
Ya el tiempo ha hecho su parte en el cuerpo de esta pareja, no así en la fuerza de su sentir y como todo lo bueno, el fin del camino se acerca, la salud de Rosita ha estado mal hace mucho rato, así entonces un día cualquiera, mientras los pajaritos anunciaban la llegada de un nuevo amanecer, ella detuvo la rutina y le dijo casi apagándose pero con ternura…”no llames al médico, quiero dormir tranquila, con tu mano en la mía”, entonces él le habló sobre el pasado, cómo se conocieron, sobre su primer beso”.
Una mirada cómplice se dibujó en sus añosos rostros, no lloraron, sonrieron, no se arrepintieron de nada, fueron agradecidos, entonces casi sollozando ella le repitió a él suavemente “te amo para siempre” y él le devolvió sus palabras con un beso, suave y tierno en la frente, en ese mágico momento ella esbozando una sonrisa, cerró sus ojos y se durmió en paz, con su mano en la suya, mientras Juan a la par, lloraba de emoción , con indescriptible felicidad, dando también su último suspiro, para acudir al llamado del altísimo… dejando en el ambiente, la poderosa enseñanza de que somos mucho más de lo que tenemos y nos iremos de este mundo, con el amor que construimos, recibimos y fuimos capaces de entregar.
No olvidemos, que viviremos por siempre, en el recuerdo de quienes nos acompañaron o nos suceden, por eso ama…como si fuese el último día de tu vida; entrega bondad sin distinción y, por un momento, reflexiona sobre ello con humildad, recogimiento y alegría, ya que si así lo quisieras, en el futuro podrías encarnar una historia como la de Rosita y Juan.
Esta semana, solo aportaré con esta sencilla reflexión, la fuerza del amor cuando es real, la importancia de amar y por sobre todo la importancia en la pareja, de la compañía y cuidado mutuo. Riega siempre la planta del amor, que siempre florecerá para ti, sigue a tu corazón y trata de ser una persona simple y de corazón noble. ¡Que tengas un día maravilloso!

lee nuestra edición impresa

  • Compartir:

opinión

lo más leído

logo-ediciones-anterioes