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Alcázar: el hombre que entregó su vida para salvar a la población de Los Angeles

Fue hace 201 años cuando el oficial evacuó a los habitantes de esta zona para evitar el persistente asedio de las últimas tropas leales al rey de España. No sabría que todo fue un engaño hábilmente urdido y que le terminó costando su vida de manera brutal.


 Por Juvenal Rivera

Alcázar-1

Si tuviéramos que hacer un calendario de efemérides locales más importantes, hay una que debiera estar dentro de las más significativas.

Es que en nuestra historia biobense, pocas veces se ha sabido de un acto de entrega tan extrema: sacrificar la vida propia para así salvar a decenas de personas – hombres, mujeres y niños – de las manos de bandidos y forajidos.

Fue lo hecho un 28 de septiembre (hace 201 años) por el mariscal Andrés de Alcázar y Zapata, un militar de vasta experiencia en la zona de la Isla de la Laja que ofrendó su existencia para evitar que las huestes del sargento Vicente Benavides – quien mantenía lealtad con la corona española – arrasaran con la población civil de Los Ángeles.

Ese gesto es el que explica que una avenida pavimentada a principios de ese siglo y uno de los principales hoteles de turismo de Los Ángeles tengan su nombre.

Los sucesos que terminaron con la muerte del mariscal Alcázar ocurrieron en uno de los episodios más brutales de la independencia nacional.

Se le conoció como “Guerra a Muerte” que se produjo en los meses siguientes de la batalla de Maipú y del establecimiento de Bernardo O’Higgins como director supremo.

Fueron los esfuerzos de la nación que estaba en pleno proceso de formación para establecer su dominio en todo el país y sofocar los últimos bastiones leales al Rey Fernando VII que actuaron como verdaderas guerrillas.

En este proceso, hubo aberraciones y tropelías de la peor especie de uno y otro bando. Se actuó con la lógica de infringir el máximo daño posible al enemigo, no solo quitándole la vida sino que haciéndole sufrir lo indecible. Pero el asunto no quedaba ahí: el cuerpo o la cabeza de la desgraciada víctima era paseada como trofeo de guerra por los vencedores.

Uno de los militares más experimentados que estaba en operaciones en la zona en aquellos años era el mariscal Alcázar. Nacido en el fuerte de San Diego de Tucapel (actual localidad de Tucapel), a orillas del río Laja, fue parte de las fuerzas de la corona española hasta que los sucesos de la independencia lo llevaron a sumarse a las tropas chilenas o criollas.

Vio acción en varias batallas durante la Patria Vieja. Acompañó a O’Higgins cuando buscaron refugio en Argentina para formar un Ejército que liberaría al país del poder del rey. Sin embargo, las correrías de Benavides en la zona de Biobío desencadenaron una persecución que los llevó a enfrentarse en sucesivos combates en el territorio.

En 1819, Alcázar estaba al mando de la Plaza de Los Ángeles y debió enfrentarse con el guerrillero realista Benavides, cuando este le exigió la rendición, asegurando que ya había derrotado al general Ramón Freire Serrano en un supuesto combate. La contestación de Alcázar fue: «Ataque usted cuando quiera; tengo pólvora y balas para esperarlo con la mesa puesta». La respuesta descolocó a Benavides que no se atrevió a pasar al asalto y se retiró.

A fines de ese mismo año, el 9 de diciembre, Alcázar y Benavides se volvieron a ver las caras: fue en el combate en El Avellano donde el septuagenario militar obtuvo la victoria.

Sin embargo, su suerte sería distinta después del desastre de El Pangal, ocurrido el 25 de septiembre de 1821 al norte de los Saltos del Laja. Alcázar estaba en una situación bastante crítica. La guarnición de Los Ángeles, con su población civil, estaba aislada y había sufrido ya cuatro asedios de los indígenas leales a Benavides.

Una falsa orden le indicaba que debía abandonar Los Ángeles y cruzar el río Laja por Tarpellanca, para unirse a las tropas de Concepción en las proximidades de Yumbel.

El oficial, con 380 soldados, 6 carretas con enfermos y más de mil mujeres, niños y ancianos, abandonaron la ciudad y emprendieron el viaje.

Cerca de los Saltos del Laja, la comitiva fue alcanzada por las tropas de Benavides que superaban ampliamente en número a las de Alcázar. Aunque les dieron batalla, el mariscal Pedro Andrés del Alcázar y Zapata fue hecho prisionero y entregado por el realista Vicente Benavides Llanos a los indígenas, quienes lo lancearon hasta matarlo. No hubo consideración alguna, pese a sus 70 años de edad.

Terminado el martirio, su cuerpo fue levantado en las puntas de las lanzas y paseado delante de los soldados realistas como un trofeo de guerra. Después fue llevado al fuerte San Cristóbal, cerca de Yumbel, donde fue exhibido como una suerte de escarmiento.

Fue la página más oscura de la “Guerra a Muerte”. El historiador Francisco Encina se refirió a este hecho aludiendo que «los propios indios tuvieron vergüenza de cantar victoria».

Benjamín Vicuña Mackenna, después de una investigación de este personaje, señaló: «De todos los soldados que han servido a Chile, desde la época de su emancipación, sin considerar la Guerra del Pacífico, ninguno ha sido más genuino ni más cabalmente soldado que el brigadier Pedro Andrés del Alcázar».

El propio Bernardo O’Higgins, en una de sus cartas, decía al referirse a Alcázar: “Este oficial, además de las apreciables circunstancias que le adornan, tiene pleno conocimiento de la Frontera y un grande ascendiente sobre sus habitantes”.

Agotadas las municiones, los defensores de Tarpellanca se mostraron dispuestos a pelear con cuchillos, bayonetas y a culatazos. Fue el momento en que Benavides y su subalterno Juan Manuel Picó enviaron un parlamentario a proponer una capitulación honrosa, asegurando la vida y libertad de los pobladores. Los oficiales serían hechos prisioneros y la tropa sería distribuida en las guerrillas realistas.

Tal vez, si Alcázar hubiera estado solo al frente de sus soldados, habría continuado luchando o se habría abierto paso como lo hizo en Rancagua. Mas, las mujeres, niños, ancianos y enfermos debían tener una oportunidad de salir con vida, evitando una feroz masacre.

Por esta razón, aceptó el acuerdo, pero luego de la firma de capitulación, efectuada a las 2 de la madrugada del día 27,

Benavides no cumplió con el compromiso, autorizando a los indígenas que iban con él para matar a los nativos enemigos, saquear cuanto iba en el campamento y ultrajar a las mujeres.

Los prisioneros fueron llevados al Campamento de San Cristóbal y se les asesinó.

Los oficiales fueron llevados el día 28 con rumbo al cuartel de Benavides, pero al llegar a Yumbel fueron todos fusilados. Al anciano Mariscal Alcázar se le obligó a presenciar el sacrificio de sus oficiales y luego fue lanceado y destrozado su cuerpo en medio de festejos. Se cree que el cacique Catrileo fue el que primero lanceó al veterano soldado tucapelino.

Pasado un año de este enfrentamiento, Benavides decidió trasladarse a Perú, embarcándose en la desembocadura del río Lebu en enero de 1822. Pero en la provincia de Colchagua, frente a las costas de Topocalma debió solicitar agua, oportunidad que las autoridades chilenas lo tomaron prisionero y lo trasladaron a Santiago. En la capital lo condenaron a muerte, siendo ejecutado el 23 de febrero. La Guerra a Muerte continuó hasta 1824, dirigida por Picó, el último jefe español de Arauco.

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