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El desconocido rol del obispo Bermúdez en la fundación de Los Ángeles


 Por Juvenal Rivera

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Poco se ha escrito y mucho menos se conoce sobre la importancia del obispo colombiano Salvador Bermúdez y Becerra en la fundación de la villa de Los Ángeles, aquel 26 de mayo de 1739.

Su nombre figura en los estudios históricos realizados en su momento por María Teresa Varas (Villa de Nuestra Señora de Los Ángeles: época fundacional, 1989) y en el escrito de manera conjunta por Tulio González Abuter con Ricardo Acuña Casas (Los Ángeles durante la colonia, 1990).

Sin embargo, a diferencia de otros personeros que fueron relevantes en ese proceso inicial de nuestra capital provincial, de Bermúdez no hay nada en particular que lo recuerde o rememore.

Una calle lleva el nombre de José Manso de Velasco, el gobernador que dio la orden oficial de crear la villa, a través de una instrucción firmada el 27 marzo de 1739, la misma que se comenzó a ejecutar dos semanas más tarde.

También el sargento mayor Pedro de Córdoba y Figueroa, que recibió la orden de trazar las primeras calles de Los Ángeles, quien tiene un edificio que lo recuerda (la construcción de dos pisos situada por calle Colo Colo, entre Colón y Valdivia).

Sin embargo, el rol del obispo Salvador Bermúdez fue fundamental para la instalación de un poblado justo en el centro de ese enorme territorio denominado Isla de la Laja, aquel triángulo formado por los ríos Laja y Biobío.

Su idea fue la semilla germinal que surgió después de realizar un par de visitas por el territorio en los veranos de 1736 y 1737, y de participar en uno de los varios parlamentos realizados con los líderes mapuches, cuyo propósito fue llevar relaciones de paz en un territorio siempre convulso.

Fue una propuesta inicial que después se materializó en las acciones emprendidas por las autoridades políticas de ese tiempo, que se dieron a la tarea de sentar presencia en el territorio que marcaba la frontera sur de los dominios de la Corona Española.

Es que el obispo Bermúdez era partidario de profundizar la evangelización de los pueblos originarios por la vía de reducirlos a pueblos o villas.

Hay que tener en cuenta un punto importante en ese tiempo. La vida en las ciudades era escasa porque la inmensa mayoría de la población optaba por vivir en los campos. De hecho, en la propia historia local se hace referencia a órdenes perentorias de sus autoridades para forzar el traslado de las familias a la naciente villa, bajo la aplicación de sanciones, multas e, incluso, la cárcel.

La idea de Bermúdez no era como cualquier otra. Por aquella época, el obispo era el representante del poder y la autoridad eclesiástica máxima de la jerarquía católica en América y representante del Papa. Sus puntos de vista tenían una gran influencia sobre las autoridades de la Corona Española. En la práctica, eran funcionarios que podían reportar lo que sucedía en territorio americano e incidir en la toma de decisiones.

En este caso, Bermúdez obispo estudió bien el asunto después de participar activamente en el Parlamento de Tapihue, cerca de Yumbel, el 5 de diciembre de 1737, el cual celebraron las autoridades españolas con los líderes mapuches. En esa ocasión, el obispo acompañó siempre al gobernador José Manso de Velasco, quien encabezó el cónclave.

La idea del religioso fuera tomada por Manso de Velasco, quien vio que la propuesta se conciliaba a la perfección con los conceptos militares que se obligaban en aquel tiempo.

Es que marcar presencia con un poblado en medio de la Isla de la Laja no solo servía para profundizar la evangelización de los pueblos originarios. También era tremendamente útil desde el punto de vista estratégico: una villa en ese lugar sería el émbolo perfecto para coordinar la línea de fuerte a lo largo del río Biobío. Además, resolvía asuntos prácticos, como la mantención del orden y una administración más eficiente de la justicia.

Dos semanas después del Parlamento en Tapihue, específicamente el 28 de febrero de 1739, el gobernador José Manso de Velasco enviada una carta al rey:

“Habiendo visitado las plazas situadas en la ribera del río Biobío, último término de nuestra barrera en el presente sistema, hallo conveniente fortalecer la Isla de la Laja, construyendo en su centro un nuevo lugar con formal vecindad, para que su arraigo le facilite permanente subsistencia y seguridad, según el proyecto del reverendo obispo de esta ciudad”.

En el libro escrito por Tulio González Abuter y Ricardo Acuña Casas, se releva la importancia del obispo penquista en la fundación de la villa de Los Ángeles: “A Salvador Bermúdez se le puede considerar uno de los principales fundadores de Los Ángeles, no solo por la influencia en la toma de la decisión de efectuar el acto fundacional, sino porque él mismo ve y coopera en la construcción de la iglesia de la villa con su patrimonio personal”.

La cita hace referencias a los aportes realizado por el religioso que incluso fue trasladado a la ciudad de La Paz, en Bolivia, para terminar la fachada del templo parroquial de la villa de Nuestra Señora de los Ángeles.

OBISPO COLOMBIANO

Pero quién fue el obispo Salvador Bermúdez. Nació en Medellín, Colombia, en 1680, en una familia que era de hidalgos. De hecho, su padre fue alcalde de la villa de la Candelaria de Medellín y su ascendencia materna ocupó cargos similares y otros más importantes en Colombia.

Salvador estudió Teología en la Universidad de Santa Fe, donde obtuvo el doctorado. Durante 25 años ejerció el ministerio sacerdotal como párroco, provisor y vicario general de Santa Marta (la misma tierra que dos siglos después vio nacer al escritor Gabriel García Márquez).

Después, fue nombrado canónigo de Quito. En cumplimiento de esas funciones, es que el Papa Clemente XII tomó una decisión que cambió la vida de Salvador Bermúdez: el 18 de junio de 1731 fue designado obispo de Concepción. Fue consagrado en la catedral de Lima por el obispo de Trujillo, Jaime de Mimbela, en 1734.

Sin embargo, el viaje a estas tierras fue una verdadera odisea que lo tuvo ad portas de fracasar y, lo que es peor, casi le cuesta la vida. Embarcado en el navío Las Caldas, llevaba dos meses de navegación cuando este naufragó frente a las costas del Golfo de Arauco. Salvó de milagro y así pudo asumir como obispo en 1734.

La diócesis a la que arribó aún mostraba huellas de la sublevación indígena de 1723 y los efectos desastrosos del terremoto del 8 de julio de 1730, que había destruido las pocas construcciones existentes.

La catedral estaba en pie, pero con daños tan notorios que solicitó al gobernador José Antonio Manso de Velasco la autorización para demolerla. La reconstrucción se inició en 1740 y, cuando el obispo fue trasladado a La Paz, los trabajos estaban bastante adelantados, pero no finalizados.

Pero no solo hizo lo anterior. También, dada la extensión de la misma y el peligro de los ataques indígenas y de los corsarios holandeses, franceses e ingleses a la región de Chiloé, solicitó el nombramiento de un obispo auxiliar para este archipiélago.

Con la designación de Pedro Felipe de Azúa para este cargo, fue el primer prelado de Chile que contó con un obispo auxiliar.

En 1735 envió a Lima al canónigo Luis Quevedo y Cevallos con la misión de traer a la diócesis al grupo de religiosas trinitarias encargadas de fundar el primer convento de su Orden en Concepción.

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